Tu lluvia
Emilia Montes
Tu lluvia cae sobre los pétalos
Pero la rosa negra no se abre
Recibirá tus caricias mañana
Cuando la niebla se disipe
dejando los musgos al descubierto.
Trece flores
Jimena Rivera
Del almendro han caído trece flores,
trece, desde que te vi partir.
Desde entonces nievan pétalos en enero,
y no las cenizas que escondías de mí.
Se cayeron sin yo poder hacer nada,
y en polvo las convertí.
Cada una se cayó
y se llevó algo de mí.
Una se llevó tu sonrisa,
y otra, tu calor.
Una se llevó tu mirada,
y otra, tu voz.
Una se llevó tu caricia,
y otra, tu olor.
Ligeras reposan en la tierra,
las corolas de tu amor.
Y sí, el pecho pesa menos,
y ya no cargo tanto dolor.
No es porque te vayas,
es porque no espero tu perdón.
LA JARDINERA
Jorge Ragal
La jardinera se levanta a las cinco de la mañana
para admirar cómo el resplandor del sol
despierta a sus hijos y a sus hijas.
La jardinera ha bautizado a sus flores
con el nombre de las heroínas
que han ofrendado sus vidas por la paz.
La jardinera aprendió a bailar
con el bamboleo de los árboles
durante las suaves noches de otoño.
La jardinera se entiende muy bien
con los manzanos y cree que no mueren
como los animales de sangre caliente.
La jardinera se define como un ser natural
y asegura que los bosques
van a reemplazar a la humanidad.
El jardín florido de mi padre
El jardín que mi padre atendía con tanto esmero desapareció al año de su muerte; debe estar revolcándose en su tumba al ver que se perdió en menos que canta un gallo.
Las dalias,
rosas, calas, lirios y tantas otras flores cuyos nombres ya ni recuerdo se
desvanecieron por falta de las más mínimas atenciones. El pasto se secó por
ausencia de riego y cuidado.
Quienes
observaban nuestro jardín desde la calle expresaban admiración ante los
hermosos colores que ofrecían sus flores. Yo, desde mi ventana, disfrutaba
especialmente del verdor y del colorido, aunque era incapaz de consagrarme al
cultivo y mantenimiento de tan bello esplendor.
Hoy añoro
con pesar tanta belleza, que he intentado compensar con plantas más resistentes
a los cuidados que puedo brindarles.
Flores
Alex Álvarez López
Al oír su nombre llamado al
estrado de la Excelentísima Corte Suprema en sesión solemne para recibir junto
a otros licenciados el ansiado título de abogado, un estremecimiento hizo presa
por un instante de cada una de sus fibras corporales. Tan memorable
circunstancia constituía un punto de inflexión en su joven vida, a partir del
cual vislumbraba un auspicioso futuro en el campo de las leyes, viniendo a concretar
una larga aspiración de años.
No pasaría inadvertido el
hecho de que, a excepción de los muchos partícipes de tan solemne ceremonia, se
hiciera presente en solitario sin contar con la presencia de algunos de sus
parientes más cercanos, lo que justificaría entre sus próximos por el advenimiento
de una circunstancia de fuerza mayor.
Reconocido como alumno
brillante durante toda su carrera, poseía además ciertos atributos que le habían
otorgado cierta popularidad contando con una alta consideración entre sus
compañeros: sus dotes de futbolista avezado, su porte y guapeza física,
especialmente reconocida y admirada por las jóvenes, y una cuota de simpatía no
exenta de cierto aire de distante superioridad.
Participaba con entusiasmo de
cuanta actividad social, deportiva o cultural se desarrollaba en el ámbito de
su escuela de derecho, como, también, manifestaba un claro interés por los
avatares políticos en que se desenvolvía en esos tiempos la actividad
universitaria, con una clara tendencia hacia los valores que enarbolaban los
sectores más conservadores.
No obstante esas
características que denotaban transparencia, atesoraba con celo manifiesto toda
información concerniente a su intimidad personal y familiar, lo que generaba un
nivel de curiosidad que iría creciendo en los años siguientes entre quienes lo
rodeaban, conocedores sólo de modo superficial la circunstancia el provenir de
una familia de excelente condición económica, cimentada por la actividad de su
padre como gerente de una sociedad comercial de la cual no aportaba mayores
antecedentes.
Nunca una referencia
específica a sus padres y demás familiares, nunca un comentario que los
involucrara y, en especial, un rechazo categórico lindando en la aspereza ante
cualquier atisbo de inquirir detalles sobre tales aspectos de su vida privada,
cuestión que pronto desembocaría en el respeto absoluto hacia ese aspecto de su
personalidad.
Así, al amparo de esos
parámetros y características personales se desarrolló su exitoso tránsito por
las aulas superiores, constituyéndose con indisimulado orgullo en uno de los
primeros egresados de su generación en acceder al ansiado título.
Corolario de lo anterior no fue
otro que ascender desde su condición de procurador del importante organismo público
al que había ingresado a mitad de sus estudios, a la de abogado del mismo con
la considerable mejora salarial. Ello, sumado a su incorporación a un
importante staff jurídico, vino a agregar a su ya considerable autoestima la
capacidad económica que lo impulsó a hacer ostentación de ella a través del periódico
recambio de automóviles de alta gama y de constantes y bien acompañados viajes a
centros turísticos extranjeros de máxima connotación.
Su juventud no le impidió
pasar muy luego a formar parte de exclusivos clubes y círculos sociales de la
ciudad, aumentando entre sus cercanos la consideración con que había sido
distinguido gracias a la difusión por boca propia y terceros de su entorno, de
los logros que paso a paso iba obteniendo en su ejercicio profesional.
Sin perjuicio de la amplitud
de sus contactos mantuvo una férrea relación con amigos y condiscípulos de su
época estudiantil, quienes a esas alturas se habían acostumbrado a su especial
sentido de privacidad.
El repentino fallecimiento del
padre a causa de un infarto cardiaco fulminante vino a ensombrecer en esos
momentos su brillante tránsito vital, dolorosa circunstancia que llegó a
conocimiento de sus cercanos, amigos y colegas, por desconocidos medios ajenos
a su iniciativa, quienes lograron hacerse presente en la ceremonia fúnebre como
una muestra de su incondicional apoyo solidario.
Concluida la ceremonia, se
convertiría en un comentario obligado en tono de sordina entre esa distinguida
concurrencia, la unánime sorpresa experimentada por todos al constatar la ubicación
principal a los pies del féretro colmado de arreglos florales, de una imponente
corona de hermosas y multicolores flores de una organización que, resaltando el
dolor por su invaluable pérdida, rendía el sentido homenaje de sus miembros al
insigne líder y tenaz luchador social fallecido, quién fuera en vida el
inolvidable fundador y eterno presidente del sindicato único de feriantes de esa
querida ciudad puerto.
El JARDÍN DE MI OASIS
Joan Ruiz
Tengo un jardín como un oasis.
Allí me siento, bajo un limonero cargado,
a divagar sobre esto, lo otro y lo demás,
y confieso que soy feliz cuando
tendido de espaldas en mi metro cuadrado
veo pasar cometas por el cielo.
Cultivo flores de todas clases:
rosas rojas por mi sangre apasionada,
celestes como los ojos de mi abuela
y alguna rosa negra que nace no sé por qué.
Pero a ti prefiero regalarte flores salvajes
porque eres como esos ramilletes silvestres
que no conocen dueño,
como esos que crecen libres sobre el monte
y que se marchitan a la llegada del invierno.
Pero te recordaré todo el tiempo
como a esas
flores silvestres
aquí, bajo mi limonero,
en el cultivado jardín de mi oasis
porque sé que te reencontraré algún día
cuando el monte vuelva a florecer.
El hombre de la flor
Hernán Retamal
El cura párroco de la iglesia de Los Quillalles, Francisco Gutiérrez, se acomodó en la silla del confesionario, cerró los ojos y se dispuso a escuchar las confesiones de sus feligreses. La cabina de cedro no era muy cómoda y el calor del verano de esa hora de la tarde provocaba una modorra incontrolable. Ante todo, la repetición de las historias producía a Francisco un sueño tremendo. Aquel día no era la excepción, hasta que escuchó un relato que le causó un inusitado interés.
–Señor
cura, yo confieso que he contemplado un maleficio, un hechizo del diablo que le
ha costado la vida a un amigo. Y yo corro el riesgo de ser la próxima víctima…
Todo
comenzó cuando una joven de nombre Elizabeth fue traicionada. Llevaba años
esperando el regreso de su amado, quien había emprendido un largo viaje, pero
le prometió volver a su lado. Pero cuando por fin se dejó ver, lo hizo con otra
mujer, riéndose como si Elizabeth nunca hubiese existido.
El
corazón de la joven no se rompió… se convirtió en piedra.
Esa
misma noche, bajo la lluvia, Elizabeth se dirigió al bosque, sin que nadie la
persiguiera. Desde ese momento no se volvió a ver más.
Tiempo
después. Un joven llamado Leonardo decidió buscarla.
No
lo hizo ni por curiosidad ni por valentía. Él había perdido a su familia, su
casa… y, sobre todo, las ganas de seguir viviendo. Pensó que, si la leyenda era
cierta, la joven podría darle aquello que él ya no encontraba en sí mismo: un
fin.
Tras
días de búsqueda, la encontró.
Allí
estaba, solitaria, bajo la niebla. Hermosa. Terrible.
Se
aproximó a ella. El aire se volvió denso, y los recuerdos empezaron a
sobrevenirle. Vio a Elizabeth sollozando bajo la lluvia. Sintió su traición, su
dolor. Era tan intenso que cayó de rodillas.
–¿Así
que eres esto? –susurró–. ¿Dolor eterno?
Tembló
Elizabeth.
Por
un momento su dolor se trocó en compasión.
Fue
entonces cuando Elizabeth le dio el clavel. Leonardo extendió la mano y lo
cogió. En ese momento nace la maldición: todo hombre que tome en sus manos la
flor morirá.
Al
escuchar la historia, el sacerdote quiso saber más.
–¿Qué
puedes agregar? –preguntó el cura.
El
hombre, visiblemente nervioso, le indicó que debía marcharse para que no le
sorprendiera la noche en el camino de vuelta a casa; salió corriendo del
templo.
Los
Quillalles es un pueblo apartado que está al otro lado de una cordillera que
hay que atravesar en varios días sobre las ancas de una mula. Las noticias de
la capital tardan en llegar aquí un mes. En estas inmensidades, los
acontecimientos se desarrollan con tal lentitud que el hastío forma parte de la
vida de sus habitantes.
Sin
embargo, un hecho extraño estaba a punto de suceder, algo que ni en sus peores
pesadillas podrían imaginar.
Un
hombre apareció al amanecer, tendido en medio de la plaza, justo frente a la
fuente que llevaba años seca. Nadie vio cuándo llegó.
Nadie
escuchó nada durante la noche.
Solo
estaba ahí.
Muerto.
Y
lo más extraño, con un clavel en la mano.
No
lo soltaba. Ni aun cuando el encargado de la ley quiso abrirle los dedos
rígidos. Este funcionario tuvo que recurrir al enfermero del policlínico para
que le dijera cómo hacerlo.
–Malaquías,
necesito tu ayuda –le dijo el policía.
De
entre el gentío que presenciaba el acontecimiento, salió un hombre alto y enclenque,
vestido con un delantal blanco.
–¿En
qué le puedo servir?... –Mi cabo.
–Necesito
que me digas cómo puedo quitarle el clavel de mano –ordenó el policía.
El
enfermero obedeció al instante, se agachó junto al cadáver, lo observó con
atención y luego señaló con convicción:
–Hará
falta romperle los huesos de las falanges para quitarle la flor.
El
policía que estaba a su lado invitó a Malaquías a proceder a la extracción.
Una
vez que lo realizó, a pesar de haberle roto las falanges para quitar la flor,
la mano permaneció cerrada, como si aún la estuviera sosteniendo.
–¿Quién
es? –preguntó el gentío.
–No
lo sabemos –respondió con autoridad el policía.
No
tenía documentos. No había denuncias recientes de desaparición. Era un rostro
completamente ajeno al pueblo.
El
padre Francisco supo lo sucedido al mediodía, hora en que regresaba de un sitio
vecino donde había ido a dar la comunión a los enfermos. Todo un revuelo había
surgido en la plaza por lo acontecido, y la llegada del sacerdote ocasionó que
toda la atención se dirigiera hacia él. Se acercó al muerto e invitó a los
presentes a rezar por su alma. No emitió ningún comentario, solo contempló por
algunos segundos el cadáver y el clavel. Luego encaminó sus pasos hacia la
iglesia; en el trayecto le acompañaron algunos de sus más cercanos. Una vez en
la sacristía, se sentó en un sillón a pensar; en su cabeza daban vuelta la
confesión y el suceso del muerto de la plaza. Se preguntaba: ¿será el muerto el
hombre de la confesión?
Mientras
tanto, la flor fue dejada en la comisaría, dentro de un vaso con agua. Nadie
quería tocarla; solo el policía la manipuló.
Por
otro lado, el cadáver fue trasladado al policlínico, a la espera de las
instrucciones del magistrado, quien solía dar las órdenes mediante telegramas
por la lejanía en que se encontraba del pueblo. Las causas de la muerte eran
imposibles de determinar, así como saber de dónde procedía este hombre.
Esa
noche el guardia, mientras observaba la flor, juró que la vio moverse.
No
abrirse. No marchitarse.
Moverse.
Como
si respirara.
A
la mañana siguiente llegó telegráficamente la autorización para sepultar al
muerto. El policía, el enfermero, el párroco acompañado por un grupo de
comunidad cristiana le acompañaron al camposanto. El sepelio se llevó a cabo
sin ningún problema; en la cruz se grabaron las letras NN.
Después
de la última palada de tierra que tapó la tumba del desconocido, empezaron a
ocurrir en el pueblo cosas extrañas.
Al
atardecer, el policía vio que el clavel estaba más fresco que antes.
Y
comenzaron los sueños, por la noche.
La
primera en señalarlo fue la mujer que vivía frente a la plaza. Soñó que estaba
el hombre a su lado, junto a la cama, con la mano tendida, pidiéndole algo
invisible.
Luego
fue el policía. Soñó que el cadáver volvía a la plaza, arrastrando los pies,
buscando algo que le faltaba.
–Devuélvemelo
–decía. –No puedo irme sin él.
Para
el tercer día, medio pueblo había soñado lo mismo.
Siempre
el hombre.
Siempre
la mano extendida.
Siempre
esa petición.
Y
siempre, al despertar… un leve dolor en los dedos, como si hubieran estado
sosteniendo algo durante horas.
El
clavel desapareció del retén la cuarta noche.
Nadie
vio quién lo tomó.
Pero
en la madrugada del quinto día, el guardia fue encontrado en su casa, muerto en
su cama.
Con
una expresión de terror tan profunda que parecía haber quedado atrapada en su
rostro.
Y
en su mano…
El
clavel.
Esta
vez, ligeramente diferente.
Más
oscuro.
Más
vivo.
En
el pueblo cundió el pánico.
Pretendieron
quemarlo.
El
fuego no lo consumió.
Lo
intentaron deshacerse de él por todos los medios, pero el clavel seguía
intacto, indestructible, cada vez más vivo.
Con
el fin de tranquilizar a los pobladores, el clavel fue llevado al cura, quien
lo roció con agua bendita y le aplicó todos los ritos conocidos para espantar
al demonio que, según él, lo había creado. Todo esto lo hizo ante una multitud
aterrorizada.
Luego
se dirigió hacia el centro de la plaza y lo arrojó a la fuente, y para sorpresa
de todos, el agua que hacía años que no fluía empezó a brotar abundantemente.
Mientras la flor se fue hundiendo hasta quedar depositada en el fondo.
Con
el paso del tiempo, el temor se fue disipando, mientras el agua de la fuente se
fue haciendo cada vez más oscura.
Nadie
del pueblo bebía ni tocaba el agua, que fluía incansablemente; pese a su
turbiedad, esto no permitía ver en sus profundidades si aún se encontraba el
clavel maldito.
Y
una mañana, al despuntar el día, cuando nadie ya lo esperaba, junto a la fuente
apareció un nuevo cadáver. La gente del pueblo, que lo miraba de lejos, se
fijó, sobre todo, en que traía sotana, y que llevaba en la mano, en vez de
clavel, una rosa, negra como el lodo del fondo de la pileta.
Taller del: 7 de mayo 2026
Tu lluvia Emilia Montes Tu lluvia cae sobre los pétalos Pero la rosa negra no se abre Recibirá tus caricias mañana Cuando la...