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jueves, 30 de abril de 2026

El anillo de Vicente

Hernán Retamal 


No era corona ni espada

lo que anunciaba su poder,

sino un anillo oscuro

gastado por pieles ajenas.

 

No brillaba al sol;

bebía la luz.

Un círculo opaco

hecho de gritos olvidados.

 

Dicen que cada marca

era un ser borrado,

cada raya, una súplica

que nadie quiso escuchar.

 

Su dueño lo giraba lento

antes de empezar la faena,

como quién reza

una oración torcida.

 

No necesitaba alzar la voz:

El metal hablaba primero,

rozando rostros temblorosos

con fría paciencia.

 

Y al caer la noche,

cuando el silencio volvía,

el anillo pesaba más en las victimas,

no por culpa,

sino por memoria.

 

Porque el castigo verdadero

no era el dolor que producía,

sino llevar siempre consigo

todo aquello que rompía.

 

Y cuentan qué al morir,

nadie pudo quitárselo:

El dedo se volvió polvo…

pero el anillo quedó intacto,

esperando otra mano…

para continuar la tarea.


 

Una aventura de invierno en New York

 

Joan Ruiz

 

Al atravesar el abarrotado puente de Brooklyn

el sky line de la ciudad de New York me deslumbra,

Manhattan aplasta con sus moles de edificios y rascacielos.

 

Nieve copiosamente, el frio es intenso,

me sentí resfriado y el médico del servicio de urgencias

que me atendió puso en mi ficha:

“White race, hispanic or latin spanish”

y me pregunté qué tenía que ver la raza con mi resfrío.

 

Llego callejeando hasta la plaza de Bryant Park,

patinadores entusiastas

dan vueltas en la pista de hielo,

multitudes de todos los colores caminan nerviosamente,

turistas japoneses toman fotos por doquier,

pasan a mi lado gringas elegantes, coloridas y chillonas,

y lunáticos que andan con pantalones cortos.

 

En las veredas se estacionan carritos que ofrecen

comida chatarra a 8 dólares la ración

 (En el restaurante un menú cuesta 50 dólares más el 20% de propina).

Pido una ración de arroz con pollo 

aderezado con una salsa picante estilo hindú

 y quedo en paz con mis tripas.

 

Pero bad day, pierdo el celular no se dónde,

y quedo incomunicado en la gran ciudad,

por lo que pasé a mi plan B:

Tomo un taxi hasta el MOMA,

allí alguien me recogerá tarde o temprano,

por lo menos allí estaré con calefacción.

 

Recorro de arriba y abajo este Museo de Arte Moderno

me detengo asombrado ante las latas “Campbell” de Andy Warhol,

pero quede extasiado ante los cuadros de Jackson Pollock,

atravesados por brochazos, rayas y manchas de pinturas,

como si hubiera pintado el cuadro con ánimo orgiástico,

(yo intenté hacer lo mismo en mi juventud)

y me invade sensación de estar perdido

 en medio de un laberinto sin salida.

 

Pido un cortado en la cafetería

y para empatar el tiempo

me enrollo con una camarera del lugar en mi spanglish,

ella me confiesa que es portorriqueña del Bronx.

 

Al final soy rescatado de mi laberinto como el soldado Brian

y termino el día en un club de Jazz.

 Me impresiona como estos negros improvisan con la trompeta

y no paro de mirar a una bella mujer con aire intelectual,

¡cómo se mueve esta mujer al ritmo de la música!

 

Por fin pude llegar a mi hotel en Manhattan

donde cobran unos precios como si te estuvieran asaltando,

(menos mal que estamos en temporada baja)

y cayendo rendido en la gran cama de mi cuarto

 me fui a negro de inmediato sin sueños de ninguna clase,

como si estuviera muerto.

 

 

Mis zapatos perdidos

Emilia Montes

 

Perdí mis zapatos viejos

y me preguntan por qué.

Quizás porque de tan gastados

dejaron de ser parte de mí.

 

Con ellos anduve por los oscuros pasillos

de la escuela de mi adolescencia;

se les pegó un poco de mi miedo

a los animales disecados,

que tanto le gustaban al profesor de biología.

 

Con ellos fui a ese paseo en que mi padre,

accidentado frente a mis ojos,

perdió su capa de superhéroe.

 

Con el tiempo, mis zapatos me llevaron

por senderos brillantes

y por rutas de oscura traición.

 

Pero no los perdí por eso.

 

En verdad los abandoné,

porque dejaron de elevar mis pies hacia el sol,

porque se volvieron pesados como el plomo,

porque descalza podía sentir la tierra entre mis dedos,

porque no entendían el vuelo de las gaviotas o del cóndor

y porque ya no me apartaban de la senda de la cordura.

 

Pero ahora me pregunto, con desazón,

hacia dónde habrán escapado ellos.

 

  Tu lluvia Emilia Montes   Tu lluvia cae sobre los pétalos Pero la rosa negra no se abre Recibirá tus caricias mañana Cuando la...