El anillo de Vicente
No era corona ni espada
lo que anunciaba su poder,
sino un anillo oscuro
gastado por pieles ajenas.
No brillaba al sol;
bebía la luz.
Un círculo opaco
hecho de gritos olvidados.
Dicen que cada marca
era un ser borrado,
cada raya, una súplica
que nadie quiso escuchar.
Su dueño lo giraba lento
antes de empezar la faena,
como quién reza
una oración torcida.
No necesitaba alzar la voz:
El metal hablaba primero,
rozando rostros temblorosos
con fría paciencia.
Y al caer la noche,
cuando el silencio volvía,
el anillo pesaba más en las victimas,
no por culpa,
sino por memoria.
Porque el castigo verdadero
no era el dolor que producía,
sino llevar siempre consigo
todo aquello que rompía.
Y cuentan qué al morir,
nadie pudo quitárselo:
El dedo se volvió polvo…
pero el anillo quedó intacto,
esperando otra mano…
para continuar la tarea.
No hay comentarios:
Publicar un comentario