NOS VOLVEMOS A
ENCONTRAR
Elizabeth
Hace tantos años que sucedió en mi
vida ese episodio que lo marcó. No, no
fue una experiencia traumática, al contrario, fue extraordinaria, conocer a un
hombre tan atractivo, en todo sentido.
Esos hombres que te hacen pensar que es esa mitad que te faltaba, de la
cual no sabías su ausencia hasta que suavemente encaja, sin presión, sin buscar
que sea del mismo tono su pieza. Como sucede con los rompecabezas, asó de mío
fue, lo sentí como propio, pero sólo fue mi sentir.
Llegó el momento en que lo dejé, creo
fue en el preciso, en el límite entre el respeto y su contrario, el ¡quererlo
todo o la nada misma¡¡¡, ¡!luz o sombra ¡
De ese día, dividido en 2, han pasado
ya muchos años. De él, finalmente supe
que seguía ligado a las actividades que lo formaron y apasionaron, a la cual se
dedicó durante toda su vida laboral activa.
Yo, convertida ya en una señora de
esas que llaman “bien”, casada con un hombre que siento me ama y soy madre de
hijos que adoro. A mi esposo le quiero
de esa manera como se quiere a los esposos.
Nunca hubo magia entre nosotros.
Fue lo que mejor me pudo pasar, si, fue lo mejor.
Con sorpresa hace unos días, un
empleado de la firma en la cual trabajo, llegó con unas invitaciones, se
trataba de la celebración de un aniversario.
De lejos distinguí el sello de las invitaciones, que me fue muy
familiar. Si, se trataba del sello de
aquella organización a la cual pertenecí y participé activamente durante
años. Me acerqué a indagar más sobre el
tema y leí: Se invita a usted y familia a la celebración de un año más de vida,
junto a su familia de trabajadores. La
celebración se efectuará en ………………. Luces,
estrellas, corazón queriendo arrancar, recuerdos cubiertos de quehaceres
domésticos, niños jugando, navidades celebradas con viejo pascuero, esposo
amándome, vacaciones con otra, conversaciones excitadas compartiendo un
trago. En un instante todos los
recuerdos pasaron por mi mente, rápidamente, todos nítidamente, parecía que
todo había sido ayer. ¡Iría
a esa celebración ¡
El Salón del Club de la Unión estaba
lleno de personajes, todos parecían estar muy contentos. Mujeres mayores, tratando de verse menores,
metidas dentro de trajes 2 tallas menos, hombres con ternos brillantes por su
uso, otros con nuevos y endeudados en 10 cuotas.
Mi esposo, muy contento de estar en
este evento donde confluía tanta variedad de personajes. Le serviría de orientación para su próximo
libro, que espera el vamos, hacía mucho tiempo.
Yo, sólo anhelando verle en cualquier momento, atrás mío, por la entrada
lateral, frente a mí, n estando, imágenes del pasado, sexo compartido,
ultimátum abortados a última hora, ansias ¿de qué?
Perdí esperanzas, así era en aquel
entonces, desesperanzador, pero también, desconcertante. Aprendí a amar el desconcierto que me
producía. Todo hoy lo vivía como ayer,
como siempre.
La orquesta ensordecía aquel lugar,
aquel templo donde mi dios hacía esperar la crucifixión, donde las flores del
altar se mecían en compás de espera, como tocadas por el más tierno vals, de
esos que nunca bailé en salón antiguo soñado.
Luces atenuando, avizorando un tema lento, candente, perturbador de
almas bigamias, complotando a corazón abierto con los necesitados de su
esencia.
Los parlantes entregando aquel tema
que terminó por llevarme a la iniciación total de mis antiguos y actuales
sentires: “hasta que te conocí, vi la vida con dolor, no te miento fui feliz,
aunque con muy poco amor y muy tarde comprendí que no te debí amar, porque
ahora pienso en ti, más que ayer, mucho más”.
Le vi como antes, como siempre, como
al comienzo, lejano, sin estar, pero estando, su espalda estrellando con mi
mirada, ¡cómo no conocerla! Aunque cubierta con su chaqueta, era ella, esa
espalda que amé tanto, como todo su cuerpo, que era único, trascendental.
Atravesé ese salón inmenso, en aquel
momento convertido en carretera interminable de mi emoción, de mis
sentires. Mi realidad iba quedando
atrás, diciendo adiós al viajero que parte, sin saber si abra regreso. Nada importaba, ¡ahí estaba! Mis manos y mis brazos extendidos hacia el
infinito, no lo alcanzaba, se me escapaba, se iba, no era mío.
Al fin llegué a él, toco su espalda y
es mío. Le abracé sin palabras y le guíe
hacia la pista, hacia nuestra canción, hacia mi canción, estremecimiento de
cuerpos, reconocimiento total del hijo que es arrullado por brazos ávidos de
amor, de una madre, de esposa, de amante, conjugación total de todos ellos: “y
muy tarde comprendí, que no te debí amar, porque ahora pienso en ti, más que
ayer, mucho más”.
Caminábamos en silencio, su mano en
mi cintura, la mía luchando por escaparse a buen lugar, envueltas en aquellos
guantes que le incitaban, lo sabía.
Lugar conocido aquel en que nos
introdujimos, sin mediar palabras.
Nuestros ojos se encontraban, desnudaban, como tantas veces pasadas,
olvidadas, revividas, saboreadas.
Su desnudo ahí estaba, inquieto,
avidez de posesión y rencuentro anhelado, humedad tortuosa en nuestros más
íntimos sentidos.
Cuando até sus muñecas, sin
resistencia alguna, entregado a cabalidad, supe que nos unía un mismo
sentimiento, era él o yo, que importada, lo teníamos todo, el mundo era
nuestro, sin rencores, sin vida propia, sin horas finalizadas, nada interfería,
lo tenía y eso importaba.
Vi su sangre emanar por distintas
llagas dejadas al paso de mi látigo, que, al caer cada vez por su espalda, eran
como besos dolidos, besos guardados por años, surcaban esa espalda arada por
todos esos besos olvidados.
Que placer bendito, que dolor tan
grande, como mío, si, era mío su dolor, mi placer suyo.
Su liberación y mi retirada fue lo
mismo, sorpresa ambiciosa y anhelante para ambos.
Mi atuendo irreverente, intencional y
hermoso, emprendieron la retirada. Mi
corazón, sentidos y todo quedaron con él, mitigando su dolor con caricias
balsámicas, sedosas y sedientas, lo amaba.
No pude alejarme mucho, sólo hasta la
entrada, la cascara de mi ser era la que emprendía retirada, la pulpa estaba
con él, a sus pies depositada.
Volví a lo mío, como siempre debió
ser, años de abismo infructuoso, en retirada, habían sido inútiles, ya nada
importaba.
Derramé champagne en su espalda
lacerada, lamí su cuerpo y él, el mío, después de tanto ayuno sufrido.
Sólo dios sabe, que volvimos a ser
los mismos, un solo cuerpo, un solo corazón, una sola boca, un te quiero justo
en el momento, en el mismo momento, en el único minuto en que ambos
estallábamos al unísono, ambos éramos uno.
Caminamos en silencio, su mano y él
en mi cintura cogidos, mi mano y no en él perdida, las luces de la ciudad
encandilaron nuestra fantasía y despertamos cada uno a su vida, él a la suya,
yo a la mía………………………” yo jamás sufrí, yo jamás lloré, yo era muy feliz, pero te
encontré”
Elizabeth