LA CASA DE ISOLINA
Hernán Retamal
«Una vez más... bienvenidos a mi casa. Entren libremente.
Váyanse sanos y salvos; y dejen algo de la felicidad que traen.»
En lo alto de un cerro está ubicada la casa más antigua del pueblo cuyas
paredes amenazan con caer al vacío. Todo en su interior cruje dando, a los visitantes, la sensación de que estaba viva. Muchas generaciones de la
familia Benavente la habían habitado. Ninguna de ellas había osado tocar una
botella de vidrio oscuro, un vaso de fino cristal y un jarrón de porcelana.
Los vecinos decían que aquella botella perteneció a la primera mujer de
la dinastía Benavente, a Clarisa, y que en ella había guardado en su interior
todo el dolor tormentoso que le había causado un hombre cruel. Todo por un amor
no correspondido.
Cuando había luna llena, un rumor se sentía en su interior, como si un
mar minúsculo golpeara sus paredes. Nadie se atrevía a abrirla.
El vaso, sin embargo, parecía inofensivo. Sobre una mesa de madera,
limpio siempre, transparente, elegante. Pero también mantenía sus secretos.
Quien bebía agua en él soñaba con personas que aún no conocía o con parientes
muertos que regresaban para hablar una vez más.
El jarrón era el más raro de todos. Nunca se quedaba quieto. A la mañana
siguiente aparecía en la ventana, a la noche en la escalera, y a veces en el
medio del comedor, con flores frescas que nadie recordaba haber cortado.
La casa fue deteriorándose con el tiempo, hasta quedar deshabitada. Por
estos años fue heredada a una mujer llamada Isolina Benavente. Ella decidió
reconstruirla, razón por lo que se cambió a vivir a este remoto lugar.
Las personas que conocieron a Isolina dicen que era muy solitaria, de
pocas palabras y muy temeraria; desafiaba todo lo que los demás temían.
Bajaba muy pocas veces al pueblo y cuando lo hacía era para ir a la
iglesia y hacer algunas compras. En esas raras ocasiones no hablaba con nadie;
y si alguien se le acercaba se libraba del encuentro con habilidad.
Llevaba largos vestidos oscuros y siempre un pañuelo que le cubría la
cabeza.
Todo este ambiente a su alrededor fue tejiendo muchas historias, algunas
inverosímiles, otras tan absurdas que hacían reír. Lo que sí aceptan todos, es
que de repente nunca más salió de casa.
Y así nació un mito eterno.
Que una noche de invierno Isolina decidió saber la verdad.
Encendió una vela en el salón principal. La botella temblaba
ligeramente. El vaso reflejaba una sombra extraña, que no era la suya. El
jarrón estaba lleno de blancos lirios que embalsamaban el aire con una triste
dulzura.
Entonces escuchó una voz.
–No abras la botella.
Isolina giró, pero no había nadie.
–Si lo haces –susurró la voz, vibrando apenas –volverá aquello que fue
encerrado.
Del jarrón se soltó una flor que cayó al suelo.
Isolina tenía el corazón en la garganta. Pero ya estaba decidida, y la
curiosidad pudo más. Tomó la botella y sacó el tapón.
No salió agua, ni vino ni polvo.
Salió un suspiro.
Largo, frío, antiguo.
Se apagaron las luces. La casa entera pareció tomar aliento. Por los
pasillos empezaron a oírse pasos leves como de quien había esperado años para
volver.
En el espejo del vaso se reflejaba el rostro de un hombre desconocido
que sonreía.
El jarrón se quebró por completo y las flores se secaron súbitamente.
Desde aquella noche, hay quién dice haber visto junto a la ventana de los Benavente a un hombre que sirve agua en un vaso invisible y las flores vuelven a nacer solas en un jarrón que ya no existe. De Isolina nunca más se supo.
Fecha taller: 30 de abril 2026
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