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martes, 11 de octubre de 2022

 






 

TRAVESÍA ORIENTAL

Jorge Ragal

En el Tíbet les cuento que nací en una noche

de luna llena y que aprendí a meditar a los tres años.

En China los jóvenes me preguntan sobre lo divino

y les digo que creo existe un pequeño dios

en cada uno de nuestros corazones.

En las dos Corea mis discursos a los generales

se centran en la urgente reunificación del país.

En Camboya sufría cuando me contaban

sobre aquellas fosas comunes.

En la India comento sobre la importancia de Gandhi

en las revoluciones pacifistas de América.

En Vietnam solo me dedico a honrar

a sus héroes y a sus mártires.

Y en el Japón del Sol Naciente les confieso

que siento una real pasión por las misteriosas geishas.

 

 

VIAJE EN TREN

Guisela

 

Espero en la estación de trenes, a orillas del primer vagón con destino al sur de Massachuset, entre la niebla de una fría mañana de invierno y el humo de la chimenea del propio tren que espero, aparece una silueta oscura que va despejándose a medida que avanzan sus pasos, un hombre alto de sombrero se acerca y me pregunta: " I help him with the bags" (le ayudo con la maleta) ante lo que respondo: "thank's I have an ankle sprain".... (muchas gracias… tengo un esguince en mi tobillo), miro su camisa y tiene un parche con las siglas en inglés "driver" (chofer).

Dejo a un lado el café y me subo al vagón. Ya son las 07:55 horas y estamos por partir.

Entre asientos, números, ventanas, mucamas, gente alzando sus pañuelos despidiéndose, niños, animales enjaulados, el chofer se sienta en la cabina de mando, sin parar, al mirar por la ventana, se dibujan y desdibujan árboles, cerros, siembras en los prados, paradas en estaciones, atardeceres y oscuridad… Al llegar a mi destino, agradezco al chofer el viaje, ante lo que éste responde desde su puesto y sus manos posicionadas fuertemente en el comando del tren vociferando hacia los pasajeros: "el tren es como mi vida, aprendan a dejar subir y bajar a las personas de sus vidas…"

Retoma su mirada entre líneas de metal, tablones anchos y piedras, perdiéndose el tren con el ruido y humo de su chimenea….

 

NOS VOLVEMOS A ENCONTRAR

Elizabeth

Hace tantos años que sucedió en mi vida ese episodio que lo marcó.  No, no fue una experiencia traumática, al contrario, fue extraordinaria, conocer a un hombre tan atractivo, en todo sentido.  Esos hombres que te hacen pensar que es esa mitad que te faltaba, de la cual no sabías su ausencia hasta que suavemente encaja, sin presión, sin buscar que sea del mismo tono su pieza. Como sucede con los rompecabezas, asó de mío fue, lo sentí como propio, pero sólo fue mi sentir.

Llegó el momento en que lo dejé, creo fue en el preciso, en el límite entre el respeto y su contrario, el ¡quererlo todo o la nada misma¡¡¡, ¡!luz o sombra ¡

De ese día, dividido en 2, han pasado ya muchos años.  De él, finalmente supe que seguía ligado a las actividades que lo formaron y apasionaron, a la cual se dedicó durante toda su vida laboral activa.

Yo, convertida ya en una señora de esas que llaman “bien”, casada con un hombre que siento me ama y soy madre de hijos que adoro.  A mi esposo le quiero de esa manera como se quiere a los esposos.  Nunca hubo magia entre nosotros.  Fue lo que mejor me pudo pasar, si, fue lo mejor.

Con sorpresa hace unos días, un empleado de la firma en la cual trabajo, llegó con unas invitaciones, se trataba de la celebración de un aniversario.  De lejos distinguí el sello de las invitaciones, que me fue muy familiar.  Si, se trataba del sello de aquella organización a la cual pertenecí y participé activamente durante años.  Me acerqué a indagar más sobre el tema y leí: Se invita a usted y familia a la celebración de un año más de vida, junto a su familia de trabajadores.  La celebración se efectuará en ……………….  Luces, estrellas, corazón queriendo arrancar, recuerdos cubiertos de quehaceres domésticos, niños jugando, navidades celebradas con viejo pascuero, esposo amándome, vacaciones con otra, conversaciones excitadas compartiendo un trago.  En un instante todos los recuerdos pasaron por mi mente, rápidamente, todos nítidamente, parecía que todo había sido ayer.  ¡Iría a esa celebración ¡

El Salón del Club de la Unión estaba lleno de personajes, todos parecían estar muy contentos.  Mujeres mayores, tratando de verse menores, metidas dentro de trajes 2 tallas menos, hombres con ternos brillantes por su uso, otros con nuevos y endeudados en 10 cuotas.

Mi esposo, muy contento de estar en este evento donde confluía tanta variedad de personajes.  Le serviría de orientación para su próximo libro, que espera el vamos, hacía mucho tiempo.  Yo, sólo anhelando verle en cualquier momento, atrás mío, por la entrada lateral, frente a mí, n estando, imágenes del pasado, sexo compartido, ultimátum abortados a última hora, ansias ¿de qué?

Perdí esperanzas, así era en aquel entonces, desesperanzador, pero también, desconcertante.  Aprendí a amar el desconcierto que me producía.  Todo hoy lo vivía como ayer, como siempre.

La orquesta ensordecía aquel lugar, aquel templo donde mi dios hacía esperar la crucifixión, donde las flores del altar se mecían en compás de espera, como tocadas por el más tierno vals, de esos que nunca bailé en salón antiguo soñado.  Luces atenuando, avizorando un tema lento, candente, perturbador de almas bigamias, complotando a corazón abierto con los necesitados de su esencia.

Los parlantes entregando aquel tema que terminó por llevarme a la iniciación total de mis antiguos y actuales sentires: “hasta que te conocí, vi la vida con dolor, no te miento fui feliz, aunque con muy poco amor y muy tarde comprendí que no te debí amar, porque ahora pienso en ti, más que ayer, mucho más”.

Le vi como antes, como siempre, como al comienzo, lejano, sin estar, pero estando, su espalda estrellando con mi mirada, ¡cómo no conocerla! Aunque cubierta con su chaqueta, era ella, esa espalda que amé tanto, como todo su cuerpo, que era único, trascendental.

Atravesé ese salón inmenso, en aquel momento convertido en carretera interminable de mi emoción, de mis sentires.  Mi realidad iba quedando atrás, diciendo adiós al viajero que parte, sin saber si abra regreso.  Nada importaba, ¡ahí estaba!  Mis manos y mis brazos extendidos hacia el infinito, no lo alcanzaba, se me escapaba, se iba, no era mío.

Al fin llegué a él, toco su espalda y es mío.  Le abracé sin palabras y le guíe hacia la pista, hacia nuestra canción, hacia mi canción, estremecimiento de cuerpos, reconocimiento total del hijo que es arrullado por brazos ávidos de amor, de una madre, de esposa, de amante, conjugación total de todos ellos: “y muy tarde comprendí, que no te debí amar, porque ahora pienso en ti, más que ayer, mucho más”.

Caminábamos en silencio, su mano en mi cintura, la mía luchando por escaparse a buen lugar, envueltas en aquellos guantes que le incitaban, lo sabía.

Lugar conocido aquel en que nos introdujimos, sin mediar palabras.  Nuestros ojos se encontraban, desnudaban, como tantas veces pasadas, olvidadas, revividas, saboreadas.

Su desnudo ahí estaba, inquieto, avidez de posesión y rencuentro anhelado, humedad tortuosa en nuestros más íntimos sentidos.

Cuando até sus muñecas, sin resistencia alguna, entregado a cabalidad, supe que nos unía un mismo sentimiento, era él o yo, que importada, lo teníamos todo, el mundo era nuestro, sin rencores, sin vida propia, sin horas finalizadas, nada interfería, lo tenía y eso importaba.

Vi su sangre emanar por distintas llagas dejadas al paso de mi látigo, que, al caer cada vez por su espalda, eran como besos dolidos, besos guardados por años, surcaban esa espalda arada por todos esos besos olvidados.

Que placer bendito, que dolor tan grande, como mío, si, era mío su dolor, mi placer suyo.

Su liberación y mi retirada fue lo mismo, sorpresa ambiciosa y anhelante para ambos.

Mi atuendo irreverente, intencional y hermoso, emprendieron la retirada.  Mi corazón, sentidos y todo quedaron con él, mitigando su dolor con caricias balsámicas, sedosas y sedientas, lo amaba.

No pude alejarme mucho, sólo hasta la entrada, la cascara de mi ser era la que emprendía retirada, la pulpa estaba con él, a sus pies depositada.

Volví a lo mío, como siempre debió ser, años de abismo infructuoso, en retirada, habían sido inútiles, ya nada importaba.

Derramé champagne en su espalda lacerada, lamí su cuerpo y él, el mío, después de tanto ayuno sufrido.

Sólo dios sabe, que volvimos a ser los mismos, un solo cuerpo, un solo corazón, una sola boca, un te quiero justo en el momento, en el mismo momento, en el único minuto en que ambos estallábamos al unísono, ambos éramos uno.

Caminamos en silencio, su mano y él en mi cintura cogidos, mi mano y no en él perdida, las luces de la ciudad encandilaron nuestra fantasía y despertamos cada uno a su vida, él a la suya, yo a la mía………………………” yo jamás sufrí, yo jamás lloré, yo era muy feliz, pero te encontré”

 

 

Elizabeth

 

La predicción

Hernán Retamal

Raúl sabía que su mujer no le perdonaría cuando encendió el motor de su auto. Su destino ya estaba en marcha. Era un día de mucho sol y de cielo azul, que contrastaba plenamente con el estado de ánimo de Mercedes, que había advertido a su esposo qué si se marchaba, no habría regreso para él; así se lo habían anunciado las cartas y ella no dudaba que esta predicción se cumpliría.

Durante los años que Mercedes llevaba casada con Raúl, este siempre se había valido de los servicios de su esposa para que le leyera el porvenir con las cartas. Cuando tenía que tomar una decisión importante, ya fuera en los negocios, en viajes al exterior o en otras circunstancias inesperadas, esta práctica, en la que él tenía mucha fe, le había servido, según él mismo, para afianzar su éxito empresarial y no errar en ninguna resolución importante. Pero esta vez él no la creía tan clara, y había decidido desafiar lo que le dictaban las cartas; quizá la dependencia extrema a estas lo había cansado. Pero aquel día, cuando se sentó al volante, lo hizo sin pensar. Él se limitó a caminar hasta su vehículo, arrancó el motor y se marchó.

Mercedes, que lo veía por una ventana, lo vio alejarse, mientras por sus mejillas corrían muchas lágrimas, que al fin se convirtieron en un llanto. En ese momento comprendió que nunca más volvería a ver vivo a su amado esposo. Para ella las cartas habían hablado muy claro: Él iba a morir en un accidente ese mismo día.

Mercedes era una mujer inteligente, muy práctica. Su gran apego a los temas esotéricos venía heredado de generación en generación, y ella, a diferencia de sus antepasados, este don lo había convertido en una fuente de ingresos. En estos temas gozaba de gran prestigio en muchos medios sociales, era muy conocida y requerida; en su consulta desfilaban empresarios, políticos, artistas y una extensa gama de personas que siempre salían muy satisfechas de su trabajo.

Ya más calmada, surgió en Mercedes la mujer práctica, se secó el llanto de sus mejillas y se dirigió a su alcoba. Abrió un armario inmenso y empezó a sacar vestidos negros. A los pocos instantes yacía sobre la cama con el traje que iba a llevar puesto aquella tarde cuando se le diera la noticia trágica. Se acurrucó y se durmió muy profundamente.

Pasado un tiempo que no supo exactamente cuánto, Mercedes se despertó sobresaltada por un timbre que sonaba incesante. Cuando abrió la puerta, se encontró con un par de policías. Ella supo de inmediato lo que había pasado, sus piernas flaquearon y se desmayó. Cuando volvió en sí, su marido estaba a su lado acariciándole el pelo. Trató de decir algunas palabras, pero él no la dejó hablar; minutos más tarde, el sedante que le suministraron hizo efecto y volvió a caer en un profundo sueño.

Al despertar al día siguiente, miró a su lado y sorprendida vio a Raúl durmiendo plácidamente junto a ella; estiró la mano para tocarlo y pudo comprobar que no estaba soñando. Se quedó muda y despierta hasta que él despertó. Las preguntas llegaron enseguida:

–¿Pero, que ha pasado? 

–¿Te has ido a la ciudad?

Raúl la miró y sonrió; luego le confesó:

–Sí salí en el auto, pero a media cuadra se me cruzó un gato negro, entonces decidí estacionarme y me puse a trabajar con mi computador.  –¡Y luego me dormí! –Me despertaron unos policías tocando el vidrio de mi auto.  -Me pidieron mis papeles, y como estaba con prisa, los dejé olvidados en casa y me tuvieron un rato mientras comprobaban mi dirección. –¡Después tú ya sabes el resto de la historia!

Mercedes le dio un fuerte abrazo y sonrió; era inimaginable para ella vivir sin su marido. En aquel momento ella estaba contenta; por primera vez había visto que una derivada podía torcer el destino; trataba de explicárselo mentalmente, cuando Raúl la sacó de golpe de sus reflexiones:

–¡Amor, iré a preparar el desayuno!

 

 

Cuando él se disponía a levantarse, Mercedes le cogió la mano y lo retuvo, para luego decir con voz dulce:

 

–¡No te olvides de levantarte con el pie derecho, mi amor!

 

  

 

 

Una Hoguera Eterna. 

Alex

Eran días aciagos los que en esos momentos se vivían a lo largo del país, especialmente en su metrópoli. La dictadura militar tambaleaba ante la fuerza generada por el despertar de una nación que se manifestaba a diario en todos los ámbitos. Multitudes protestaban mediante el sonar de cacerolas, marchas y barricadas que, valiéndose de la quema de neumáticos y de cuanto se tuviera a mano, bloqueaban algunas de las principales arterias de Santiago. El enfrentamiento crecía a la par de la protesta y la Fuerza Militar ya lideraba la represión a sangre y fuego. No sería ésta una jornada cualquiera. La ciudadanía había respondido ese día de manera abrumadora al llamado de las organizaciones civiles, y una inmensa y diversa masa humana de colores marchaba potente por la Alameda, voceando de mil formas el esperado y necesario derrumbe del Régimen. Nada sería distintos a ocasiones anteriores. La pacífica y enfervorizaba columna devendría, una vez más, en un desbande descontrolado a fuerza de las pútridas aguas y gases lanzados por la policía y por la amenazante presencia de los militares a punto de entrar en acción. La repercusión mundial de esta creciente efervescencia social que ponía en jaque a la internacionalmente repudiada dictadura, lo había motivado para venir a sumarse como testigo y registrarla en aquel dispositivo que ya formaba parte de su imagen. Así lo hizo en esta nueva oportunidad, dejando constancia del fervor de los manifestantes en su marcha y convirtiéndose en un partícipe forzado de su violenta disolución, la que se disgregó en una infinidad de grupos corriendo en distintas direcciones en busca de resguardo, parapetándose, los más, tras el arder de neumáticos aparecidos de la nada, con la intención de mantener viva la protesta. En una de esas barricadas fue que la conoció, a través del intercambio de impresiones sobre el acontecer y sobre sus respectivos afanes, hasta el momento de verse enfrentados ya no a la policía, sino a un destacamento de militares que intentaban asumir el control de la situación disparando munición de guerra, ante lo cual sólo correspondía huir de tan peligrosa escena. Sin alternativa posible y dejando de lado su objetivo inicial, comenzó a correr junto a su circunstancial compañera tratando de eludir a las patrullas cuyo personal copaba distintas calles aledañas a esa principal Avenida. Fue en medio de esa frenética carrera en busca de un posible escape que, en un instante de fugaz reposo, le sobrevino a Rodrigo la irresistible urgencia de conocer el nombre de su vivaz acompañante, pregunta a la que ella respondió con agitado balbuceo: Carmen Gloria, le dijo, reiniciando ambos su escapada a través de un desolado callejón donde, en cosa de segundos, sus destinos quedarían marcados por el trágico encuentro con el martirio, provocado por aquella infame hoguera propiciada por el odio, la que inevitablemente permanecerá por siempre viva en nuestros corazones.


 

PAN Y CIRCO

 

Juan Enrique

 

Pan y circo de los gitanos itinerantes,

el espectáculo está servido, señores.

Un trapecista está colgado de un trapecio,

como hombre araña teje su madeja en el aire.

El saltimbanqui se había pegado un salto al vacío

solo por haberse levantado ese día

con el pie izquierdo.

Todos creyeron que era un truco de malabarista.

y la gente aplaude.

Superman cruza los dedos y vuela como un avión,

y alcanza al funámbulo a centímetros del suelo,

para impresionar a Blanca Nieves.

 

¡Los que vamos a morir hoy, te saludan, Oh Cesar ¡

 

El público grita de espanto,

el león ruge, pero de miedo,

el elefante se sostiene por si acaso,

en una sola pata.

El trapecista está indignado porque lo salvaron,

mejor la muerte que el aburrimiento, dice.

Nadie quiere irse a su casa,

la bruja y los 7 enanitos están contentos,

también Peter Pan y Campanita,

todos vuelven a ser los niños de entonces.

La mujer barbuda pasa el cepillo por los asientos,

por si alguien se corre por la tangente.

.

¡Los que vamos a morir hoy te saludan, Oh Cesar!

 

El mago de Oz sacó ese día

un conejo de la suerte

de su enorme sombrero de copa,

para ahuyentar la tristeza.

Y al terminar la función,

se supo que Superman había huído

al mundo de nunca jamás,

con Blanca Nieves tomada de las manos,

y que los 7 enanitos todavía la están buscando

en medio del circo vacío.

 

¡Los que hemos muerto hoy te saludan, Oh Cesar ¡

 

 

 

EL CIRCO

Helmuth

                                                        

 

El circo sobre la Colina,

llueve, eras pequeña

como el cuento

de pulgarcito,

por el sendero dejabas

tus delicadas migas,

que aún busco

en el corazón de

los pájaros,

vemos los payasos

con remiendos,

pero estabas mas allá

del bien y el mal,

y sueñas ser la dorada

equilibrista.

De vuelta yo presiento

que nunca nunca

tendré el valor

de besarte,

el Circo abandona

la Colina,

y el silencio

me dice que su

marea incontenible

te lleva también

muy lejos.

  Tu lluvia Emilia Montes   Tu lluvia cae sobre los pétalos Pero la rosa negra no se abre Recibirá tus caricias mañana Cuando la...