La predicción
Hernán Retamal
Raúl sabía que su mujer no le perdonaría cuando encendió el motor de su auto. Su destino ya estaba en marcha. Era un día de mucho sol y de cielo azul, que contrastaba plenamente con el estado de ánimo de Mercedes, que había advertido a su esposo qué si se marchaba, no habría regreso para él; así se lo habían anunciado las cartas y ella no dudaba que esta predicción se cumpliría.
Durante los años que Mercedes llevaba casada con Raúl, este siempre se había valido de los servicios de su esposa para que le leyera el porvenir con las cartas. Cuando tenía que tomar una decisión importante, ya fuera en los negocios, en viajes al exterior o en otras circunstancias inesperadas, esta práctica, en la que él tenía mucha fe, le había servido, según él mismo, para afianzar su éxito empresarial y no errar en ninguna resolución importante. Pero esta vez él no la creía tan clara, y había decidido desafiar lo que le dictaban las cartas; quizá la dependencia extrema a estas lo había cansado. Pero aquel día, cuando se sentó al volante, lo hizo sin pensar. Él se limitó a caminar hasta su vehículo, arrancó el motor y se marchó.
Mercedes, que lo veía por una ventana, lo vio alejarse, mientras por sus mejillas corrían muchas lágrimas, que al fin se convirtieron en un llanto. En ese momento comprendió que nunca más volvería a ver vivo a su amado esposo. Para ella las cartas habían hablado muy claro: Él iba a morir en un accidente ese mismo día.
Mercedes era una mujer inteligente, muy práctica. Su gran apego a los temas esotéricos venía heredado de generación en generación, y ella, a diferencia de sus antepasados, este don lo había convertido en una fuente de ingresos. En estos temas gozaba de gran prestigio en muchos medios sociales, era muy conocida y requerida; en su consulta desfilaban empresarios, políticos, artistas y una extensa gama de personas que siempre salían muy satisfechas de su trabajo.
Ya más calmada, surgió en Mercedes la mujer práctica, se secó el llanto de sus mejillas y se dirigió a su alcoba. Abrió un armario inmenso y empezó a sacar vestidos negros. A los pocos instantes yacía sobre la cama con el traje que iba a llevar puesto aquella tarde cuando se le diera la noticia trágica. Se acurrucó y se durmió muy profundamente.
Pasado un tiempo que no supo exactamente cuánto, Mercedes se despertó sobresaltada por un timbre que sonaba incesante. Cuando abrió la puerta, se encontró con un par de policías. Ella supo de inmediato lo que había pasado, sus piernas flaquearon y se desmayó. Cuando volvió en sí, su marido estaba a su lado acariciándole el pelo. Trató de decir algunas palabras, pero él no la dejó hablar; minutos más tarde, el sedante que le suministraron hizo efecto y volvió a caer en un profundo sueño.
Al despertar al día siguiente, miró a su lado y sorprendida vio a Raúl durmiendo plácidamente junto a ella; estiró la mano para tocarlo y pudo comprobar que no estaba soñando. Se quedó muda y despierta hasta que él despertó. Las preguntas llegaron enseguida:
–¿Pero, que ha pasado?
–¿Te
has ido a la ciudad?
Raúl la miró y sonrió; luego le confesó:
–Sí salí en el auto, pero a media cuadra se me cruzó un gato negro, entonces decidí estacionarme y me puse a trabajar con mi computador. –¡Y luego me dormí! –Me despertaron unos policías tocando el vidrio de mi auto. -Me pidieron mis papeles, y como estaba con prisa, los dejé olvidados en casa y me tuvieron un rato mientras comprobaban mi dirección. –¡Después tú ya sabes el resto de la historia!
Mercedes le dio un fuerte abrazo y sonrió; era inimaginable para ella vivir sin su marido. En aquel momento ella estaba contenta; por primera vez había visto que una derivada podía torcer el destino; trataba de explicárselo mentalmente, cuando Raúl la sacó de golpe de sus reflexiones:
–¡Amor, iré a preparar el desayuno!
Cuando
él se disponía a levantarse, Mercedes le cogió la mano y lo retuvo, para luego
decir con voz dulce:
–¡No
te olvides de levantarte con el pie derecho, mi amor!
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