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martes, 11 de octubre de 2022

 

NOS VOLVEMOS A ENCONTRAR

Elizabeth

Hace tantos años que sucedió en mi vida ese episodio que lo marcó.  No, no fue una experiencia traumática, al contrario, fue extraordinaria, conocer a un hombre tan atractivo, en todo sentido.  Esos hombres que te hacen pensar que es esa mitad que te faltaba, de la cual no sabías su ausencia hasta que suavemente encaja, sin presión, sin buscar que sea del mismo tono su pieza. Como sucede con los rompecabezas, asó de mío fue, lo sentí como propio, pero sólo fue mi sentir.

Llegó el momento en que lo dejé, creo fue en el preciso, en el límite entre el respeto y su contrario, el ¡quererlo todo o la nada misma¡¡¡, ¡!luz o sombra ¡

De ese día, dividido en 2, han pasado ya muchos años.  De él, finalmente supe que seguía ligado a las actividades que lo formaron y apasionaron, a la cual se dedicó durante toda su vida laboral activa.

Yo, convertida ya en una señora de esas que llaman “bien”, casada con un hombre que siento me ama y soy madre de hijos que adoro.  A mi esposo le quiero de esa manera como se quiere a los esposos.  Nunca hubo magia entre nosotros.  Fue lo que mejor me pudo pasar, si, fue lo mejor.

Con sorpresa hace unos días, un empleado de la firma en la cual trabajo, llegó con unas invitaciones, se trataba de la celebración de un aniversario.  De lejos distinguí el sello de las invitaciones, que me fue muy familiar.  Si, se trataba del sello de aquella organización a la cual pertenecí y participé activamente durante años.  Me acerqué a indagar más sobre el tema y leí: Se invita a usted y familia a la celebración de un año más de vida, junto a su familia de trabajadores.  La celebración se efectuará en ……………….  Luces, estrellas, corazón queriendo arrancar, recuerdos cubiertos de quehaceres domésticos, niños jugando, navidades celebradas con viejo pascuero, esposo amándome, vacaciones con otra, conversaciones excitadas compartiendo un trago.  En un instante todos los recuerdos pasaron por mi mente, rápidamente, todos nítidamente, parecía que todo había sido ayer.  ¡Iría a esa celebración ¡

El Salón del Club de la Unión estaba lleno de personajes, todos parecían estar muy contentos.  Mujeres mayores, tratando de verse menores, metidas dentro de trajes 2 tallas menos, hombres con ternos brillantes por su uso, otros con nuevos y endeudados en 10 cuotas.

Mi esposo, muy contento de estar en este evento donde confluía tanta variedad de personajes.  Le serviría de orientación para su próximo libro, que espera el vamos, hacía mucho tiempo.  Yo, sólo anhelando verle en cualquier momento, atrás mío, por la entrada lateral, frente a mí, n estando, imágenes del pasado, sexo compartido, ultimátum abortados a última hora, ansias ¿de qué?

Perdí esperanzas, así era en aquel entonces, desesperanzador, pero también, desconcertante.  Aprendí a amar el desconcierto que me producía.  Todo hoy lo vivía como ayer, como siempre.

La orquesta ensordecía aquel lugar, aquel templo donde mi dios hacía esperar la crucifixión, donde las flores del altar se mecían en compás de espera, como tocadas por el más tierno vals, de esos que nunca bailé en salón antiguo soñado.  Luces atenuando, avizorando un tema lento, candente, perturbador de almas bigamias, complotando a corazón abierto con los necesitados de su esencia.

Los parlantes entregando aquel tema que terminó por llevarme a la iniciación total de mis antiguos y actuales sentires: “hasta que te conocí, vi la vida con dolor, no te miento fui feliz, aunque con muy poco amor y muy tarde comprendí que no te debí amar, porque ahora pienso en ti, más que ayer, mucho más”.

Le vi como antes, como siempre, como al comienzo, lejano, sin estar, pero estando, su espalda estrellando con mi mirada, ¡cómo no conocerla! Aunque cubierta con su chaqueta, era ella, esa espalda que amé tanto, como todo su cuerpo, que era único, trascendental.

Atravesé ese salón inmenso, en aquel momento convertido en carretera interminable de mi emoción, de mis sentires.  Mi realidad iba quedando atrás, diciendo adiós al viajero que parte, sin saber si abra regreso.  Nada importaba, ¡ahí estaba!  Mis manos y mis brazos extendidos hacia el infinito, no lo alcanzaba, se me escapaba, se iba, no era mío.

Al fin llegué a él, toco su espalda y es mío.  Le abracé sin palabras y le guíe hacia la pista, hacia nuestra canción, hacia mi canción, estremecimiento de cuerpos, reconocimiento total del hijo que es arrullado por brazos ávidos de amor, de una madre, de esposa, de amante, conjugación total de todos ellos: “y muy tarde comprendí, que no te debí amar, porque ahora pienso en ti, más que ayer, mucho más”.

Caminábamos en silencio, su mano en mi cintura, la mía luchando por escaparse a buen lugar, envueltas en aquellos guantes que le incitaban, lo sabía.

Lugar conocido aquel en que nos introdujimos, sin mediar palabras.  Nuestros ojos se encontraban, desnudaban, como tantas veces pasadas, olvidadas, revividas, saboreadas.

Su desnudo ahí estaba, inquieto, avidez de posesión y rencuentro anhelado, humedad tortuosa en nuestros más íntimos sentidos.

Cuando até sus muñecas, sin resistencia alguna, entregado a cabalidad, supe que nos unía un mismo sentimiento, era él o yo, que importada, lo teníamos todo, el mundo era nuestro, sin rencores, sin vida propia, sin horas finalizadas, nada interfería, lo tenía y eso importaba.

Vi su sangre emanar por distintas llagas dejadas al paso de mi látigo, que, al caer cada vez por su espalda, eran como besos dolidos, besos guardados por años, surcaban esa espalda arada por todos esos besos olvidados.

Que placer bendito, que dolor tan grande, como mío, si, era mío su dolor, mi placer suyo.

Su liberación y mi retirada fue lo mismo, sorpresa ambiciosa y anhelante para ambos.

Mi atuendo irreverente, intencional y hermoso, emprendieron la retirada.  Mi corazón, sentidos y todo quedaron con él, mitigando su dolor con caricias balsámicas, sedosas y sedientas, lo amaba.

No pude alejarme mucho, sólo hasta la entrada, la cascara de mi ser era la que emprendía retirada, la pulpa estaba con él, a sus pies depositada.

Volví a lo mío, como siempre debió ser, años de abismo infructuoso, en retirada, habían sido inútiles, ya nada importaba.

Derramé champagne en su espalda lacerada, lamí su cuerpo y él, el mío, después de tanto ayuno sufrido.

Sólo dios sabe, que volvimos a ser los mismos, un solo cuerpo, un solo corazón, una sola boca, un te quiero justo en el momento, en el mismo momento, en el único minuto en que ambos estallábamos al unísono, ambos éramos uno.

Caminamos en silencio, su mano y él en mi cintura cogidos, mi mano y no en él perdida, las luces de la ciudad encandilaron nuestra fantasía y despertamos cada uno a su vida, él a la suya, yo a la mía………………………” yo jamás sufrí, yo jamás lloré, yo era muy feliz, pero te encontré”

 

 

Elizabeth

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