'Donde se queman libros también se terminan quemando personas"
Heinrich Heine
Especial BBC Mundo: la extraordinaria historia de cómo se salvaron de la
hoguera miles de libros prohibidos durante los regímenes militares en Chile y
Argentina
- Alejandro Millán Valencia
- Enviado especial a Chile y Argentina
Una familia que escondió miles de libros dentro de
las paredes de una casa, un hombre que se comió 30 páginas para salvar a sus compañeros,
libreros que luchan por recuperar libros perdidos.
Cuando el 11 de septiembre de
1973, Augusto Pinochet depuso con un golpe de Estado el gobierno del socialista
Salvador Allende en Chile, además del horror que se cometió contra militantes y
sus familias, también se dio una persecución contra los libros, señalando que
ayudaban al adoctrinamiento comunista.
Esta misma práctica se replicó
en Argentina, cuando se instauró el gobierno militar en marzo de 1976. Miles de
títulos fueron prohibidos.
En las décadas que han pasado
desde entonces, hemos visto numerosas veces imágenes de uniformados destruyendo
y quemando libros.
Este artículo muestra la otra
cara: cuenta cuatro historias de cómo los libros fueron salvados de la hoguera
y la destrucción durante estos años oscuros.
1.
La biblioteca
de cemento
"¿Dónde estarán las odas
que me regaló Neruda?", se preguntaba el abogado argentino Salomón
Guerchunoff.
Y siempre, antes de que nadie le
pudiera responder, él mismo suspiraba y decía... "Deben estar en la casa
del señor ese".
La casa a la que se refería
había sido la suya por más de 20 años. Era una construcción de una planta,
ubicada en el barrio Parque Vélez Sarsfield de Córdoba capital, la segunda
ciudad de Argentina.
Allí vivía con su esposa, Eva
Maltz, y sus cinco hijos hasta que ocurrió el golpe de Estado de 1976.
"Mi padre fue un reconocido militante del Partido Comunista en Córdoba y un colaborador permanente del movimiento sindical en la ciudad, por lo que tenía una biblioteca que era acorde a ese pensamiento", explica Luis Guerchunoff, uno de los cinco hijos de Salomón. Y ese pensamiento comenzó a ser prohibido. Perseguido. IMAGEN,GETTY IMAGES
A su lado están Nora, Ana y Beatriz, los otros hermanos. Solo falta Roberto. Es 24 de marzo, el Día de la Memoria. Han pasado 46 años del golpe militar y en un colegio cercano proyectan un documental con la historia de la familia.
Es la primera vez en muchos años
que los hermanos están en la misma ciudad al mismo tiempo y activan la
recolección de recuerdos a cuatro voces.
El primero: cuando sus padres
decidieron esconder los libros dentro de una de las paredes de la casa.
"Fue poco después del
golpe," dice Luis.
"En años anteriores mi
padre había repartido sus libros más incriminantes entre varios amigos para
sortear los allanamientos que ya se producían regularmente. Pero cuando ocurrió
el golpe se dio cuenta de la gravedad de lo que estaba pasando y dijo 'basta,
voy a reunir mis libros para evitarles problemas a ellos'".
Meses antes de ese marzo de
1976, Salomón y Eva habían decidido remodelar la casa, así que aprovecharon los
materiales de construcción sobrantes para esconder la mayoría de los libros en
el interior de los muros de la parte alta de la alcoba principal.
"Los siete vivimos ese
momento. Me acuerdo de la sensación de miedo que nos acompañaba. Metimos todo
tipo de libros, de literatura política, sobre Marx, Engels, pero también de
César Vallejo, El Principito, el libro de cuentos infantiles 'Un elefante ocupa
mucho espacio', de Elsa Bornemann, que también estaba prohibido por la
dictadura", recuerda Ana Guerchunoff.
Uno de los ejemplares más preciados de la colección de Salomón era una cartilla de cuatro hojas con dos odas de Pablo Neruda: a la pantera negra y a la mariposa. En la parte trasera, un autógrafo con la inconfundible tinta verde que solía utilizar el Premio Nobel chileno: 'Para Guerchunoff. Su amigo, Pablo'.
"En 1956, Neruda había decidido pasar unos días en Villa del Totoral, que es una población cercana. Y se quiso organizar un recital, pero estábamos en la dictadura de Aramburu, y no se le facilitó el principal escenario de la ciudad, que era el teatro San Martín. Así que mi papá, junto a otras personas, movieron cielo y tierra para que el poeta se pudiera presentar en otro espacio", relata Luis.
Para recompensar los esfuerzos
de los implicados, Neruda encargó en una imprenta local 500 ejemplares de un
cuadernillo con las dos odas.
"Y le dedicó uno
especialmente a mi papá", anota Ana. "Aunque nosotros no recordábamos
haberlo metido en la pared, mi papá tenía la certeza de que ahí estaba".
Eva, que era arquitecta, se
encargó de tapiar el muro y terminar todo con prolijidad de cirujana para
evitar que se notara que en esa superficie se había abierto un agujero.
Menos de un año después, en mayo
de 1977, los militares se llevaron a Salomón.
"Lo enviaron a La Perla,
que después sería conocido como un centro clandestino de torturas. Allí pasó
cinco años".
Los cuatro hermanos recuerdan
con precisión milimétrica el día que tuvieron que salir de esa casa: "Al
quedarse sola y siendo esposa de un sindicado por el gobierno, mi mamá no pudo
sostenerse y se vio obligada a malvender la casa", apunta Ana.
"Tuvimos que llevarnos las
cosas en sábanas porque no teníamos plata para la mudanza. Mi papá estaba
secuestrado. Fue muy doloroso", señala Beatriz, la hermana mayor.
En los años siguiente, Eva y los
cinco hermanos vivieron como pudieron en diferentes sitios. En 1982, Salomón
fue liberado y, ya con el régimen militar de salida, lo primero que hizo fue
acercarse al nuevo dueño de la casa para que le diera permiso para romper la
pared y sacar sus libros.
"El tipo se negó a dejarlo
entrar", cuenta Ana. "Entonces mi papá, frustrado, nos dio una orden
a todos: 'Nos olvidamos de los libros. Acá cerramos esa historia'".
"Pero él a menudo se
acordaba de sus odas de Neruda y no podía evitar referirse a la casa de 'ese
señor'", rememora Luis.
Eva murió en 1994 y Salomón, en
2002. Nora y Beatriz se marcharon a Israel y Ana, Luis y Roberto formaron
familia y se instalaron en distintos lugares de Córdoba. Nunca más volvieron a
la casa.
En 2008, mientras Ana visitaba
una oficina en el centro de la ciudad como parte de su trabajo en el Ministerio
de Justicia, se le acercó una mujer que le pidió hablar en privado.
"Me preguntó si yo era Ana
Guerchunoff, la de la casa de los libros perdidos. Yo me quedé muda, y pensé
'¡Claro, los libros de papá!'".
La mujer, que era inquilina de
la casa desde hacía un par de años, le contó que en el barrio se había corrido
el rumor de que dentro de los muros había libros. "Me dijo que era como un
fantasma y que para ella era muy difícil vivir en una casa donde sabía que
había una biblioteca metida en la pared".
Luis Guerchunoff
Le dijo que iban a abrirla. La noticia tomó por sorpresa a los hermanos. Beatriz y Nora desde Jerusalén dijeron enfáticamente que querían estar presentes cuando picaran esos muros.
Pero la urgencia ganó: la mujer
les dijo que tenían que sacar los libros lo más pronto posible antes de que se
enterara el dueño, que era el mismo que le había negado la entrada a Salomón.
"Fue de un día para otro
que tuvimos que ir con un albañil y romper. No dio tiempo para que llegaran
Nora y Beatriz", anota Luis.
Fue un procedimiento simple: el
albañil dio dos golpes con el cincel y abrió un hueco en la pared de ladrillos
secos. Y ellos vieron el prodigio a través de la perforación. Los libros
estaban intactos, legibles, como si los hubieran puesto allí el día anterior y
no 30 años antes.
"Mamá había hecho un buen
trabajo", dice Ana.
"Estábamos aturdidos, no
solo por el estado de los libros, sino por todo el peso emocional que tenían,
porque los libros son parte de uno. Conservaban parte del olor que tenía la
casa cuando vivíamos allí, así que más que pensar en los libros, comenzamos a
rememorar todo lo que vivimos esos años", señala Luis.
En medio del nublamiento por la nostalgia, uno de
los hijos de la inquilina levantó el documento de Neruda y se quedó mirándolo
con especial interés.
"¿Y esto qué es?", preguntó.
"Era el cuadernillo. Estaba
tal cual yo me lo acordaba, así que se lo quité y le dije 'Nada. Papeles viejos'...
y me lo quedé", prosigue Luis.
Los tres hermanos pensaron que
solo iban a encontrar fragmentos de lo que habían dejado y, como aquella vez
que salieron de la casa tres décadas atrás, se tuvieron que llevar los libros
en sábanas.
Nora, la menor, permanece
callada. Apenas mira, en silencio, como sus hermanos hacen el relato, pero al
final estalla. Pone su cabeza en el hombro de Beatriz para que no se le vean
los ojos.
"Que sacaran los libros fue
liberador para mí. Mi infancia se había quedado entre esos muros, con esos
libros que la dictadura nos obligó a guardar y que secuestró a mi papá",
concluye.
"Sentí que me encontraba de
nuevo con esa niña de 9 años que se había muerto un poco cuando tuvimos que
salir de esa casa sin libros para llevar".
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2. "Me comí 30
páginas"
Cuando abrió los ojos, Luis Costa vio a tres
soldados de la Marina chilena apuntándole a la cara con sus fusiles G-3.
"Me agarraron", fue lo primero que pensó.
Detrás de la fila de fusileros ingresó el comandante, que le inspeccionó el rostro y, después de descartar que fuera la persona que estaban buscando - un hombre albino y de mucha más edad-, le dijo: "Siga descansando, ahora lo que nos interesa son sus libros".
Seis meses antes, el 11 de
septiembre de 1973, Pinochet había derrocado el gobierno de Salvador Allende y,
por cuenta de su militancia en el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR),
Costa estaba viviendo en la clandestinidad.
Casi 50 años después, en su casa
de de Quilpué, un municipio a 10 kilómetros de Valparaíso, la segunda ciudad de
Chile, Costa señala un asiento rústico de madera que tiene el respaldo en
ángulo recto.
"En esa silla se sentaba
Bautista Van Schouwen, el Baucha, (uno de los comandantes históricos del MIR)
cuando hacíamos las reuniones en mi casa. Decía que le ayudaba con el dolor de
espalda".
Fue precisamente El Baucha quien
le dio las primeras indicaciones una vez se consumó el golpe de Pinochet:
esconderse, sobrevivir y si no era posible salvarlas deshacerse de las
bibliotecas de sus compañeros lo más pronto posible.
"Durante los años de la Unidad Popular de Salvador Allende hubo un apogeo del libro. Y muchos aprovechamos eso para adquirir textos de literatura política para formarnos", cuenta.
"Sin embargo, el golpe de
Pinochet fue tan certero que en menos de un día el MIR ya estaba desarticulado,
así que la principal misión y casi la única que podíamos ejecutar era esconder
o, tristemente, destruir las bibliotecas de nuestros compañeros para evitar que
los pudieran incriminar. Tener un libro que fuese considerado peligroso era
suficiente para ser detenido", explica.
Destruir los ejemplares se
convirtió en un asunto de vida y muerte, y aunque era un acto triste al menos
evitaba que cayeran en manos de los militares.
Fue una tarea de prueba y error:
comenzaron por sumergir los libros en las bañeras o en los lavamanos de las
casas para que las hojas se ablandaran y luego poder tirarlas por el inodoro.
"Pero las cañerías se
tapaban con facilidad", cuenta Costa. "Así que tuvimos que pasar a quemarlos".
"Primero lo intentamos en
el horno y en las hornillas de la cocina, pero nos tomaba mucho tiempo quemar
cada libro".
Con el tiempo, accedieron al
último recurso: hacer hogueras en la noche "para evitar que la gente
sintiera el humo y nos denunciara".
Sin embargo, él no quemó todo.
Pese al peligro que representaba, hubo ejemplares que pudo salvar.
Como impulsado por un resorte,
Costa detiene su relato y atraviesa su taller, un espacio repleto de objetos y
recuerdos de sus años de militante, que repartió entre sus familiares y amigos
cuando debió irse al exilio, después de un paso por los centros de detención de
Villa Grimaldi y Tres Álamos. Y que luego recuperó.
Sube las escaleras que conducen
al segundo piso, a su cuarto. Allí tiene ahora su biblioteca, de donde saca un
libro forrado con una lámina negra.
"Había libros que eran muy
personales o muy útiles, que nos arriesgamos a preservar. Este por
ejemplo", dice mientras abre y permite ver el título, "Manual del
guerrilero urbano", del brasileño Carlos Marighella. "Era muy útil
para las tareas de clandestinidad que estábamos llevando a cabo en esos
días".
Pero también se vio obligado a
recurrir a tácticas extremas para salvar su vida y la de sus compañeros.
La mañana en que despertó con la
boca de los fusiles apuntándole, Costa estaba de paso en la casa de una familia
que vivía en Villa Alemana, un municipio a unos 30 kilómetros de Valparaíso.
Tener un libro que fuese considerado peligroso era suficiente para ser detenido"
Luis Costa
La familia, que no tenía ninguna relación con él, hacía parte de la red de personas que apoyaban a los militantes de la izquierda.
Le habían organizado una cama
improvisada en el único cuarto disponible: una pequeña biblioteca ubicada en el
primer piso. Ahí estaba durmiendo cuando lo sorprendió el pelotón de la Marina.
Costa obedeció al comandante y
se acostó sin dejar de temblar. Pero en medio de su vigilia, el militar lo
volvió a molestar.
"Joven, ¿me puede explicar
de qué trata este libro?", le preguntó y le pasó un volumen que tenía un
título llamativo, "Cibernética y la Revolución Industrial".
Costa se incorporó y le explicó
brevemente, con lo que recordaba de su paso por la universidad Santa María, que
se trataba del estudio de los sistemas que controlan las máquinas. El
uniformado hizo un gesto brumoso y puso el volumen aparte con la orden de
confiscar.
"Interesante. Pero está el
tema de la revolución y eso es peligroso", dijo.
Al volver a recostarse, Costa se dio cuenta de que encima de la mesa de noche, también improvisada, había un cuadernillo de 30 hojas de papel de arroz para enrollar cigarrillos donde estaba descrita la situación de la Secretaría General del MIR, que le había llegado esa misma tarde.
Agarró el documento en medio de
un descuido de los soldados, lo desgarró con sigilo, se lo metió en la boca y
comenzó a masticarlo disimuladamente.
"Primero traté de
humedecerlo con la saliva, pero fue muy difícil, porque eran 30 hojas",
relata. "Me costó porque además no quería hacer ningún ruido".
Costa recuerda que todo eso
pasaba con los militares ahí al lado. Él intentando hacer desaparecer el
documento y ellos buscando libros por el cuarto. "No me acuerdo cuánto me
tardé, pero finalmente logré tragarme todo".
"No me hizo daño de
estómago ni nada, pero lo que sí me quedó fue una sensación extraña en la boca,
como de tinta seca, que siempre defino como mi primera experiencia con la
literatura gastronómica", concluye con una cuota de humor e ironía.
3. Biblioclastia fundamentalista
Marjorie Mardones deja navegar sus dedos por una estantería de libros de segunda mano como una niña en la juguetería.
Ella es bibliotecaria en el
centro de Quilpué y docente de la Universidad de Playa Ancha y en los últimos
años se ha puesto la tarea de averiguar qué pasó con miles de libros que fueron
censurados y destruidos en esta región chilena durante el régimen de Pinochet.
Por esa razón se pasea con su
entusiasmo de rescatista por esta librería: más que novedades, busca
sobrevivientes. Cualquier pista le sirve: un título con inclinaciones políticas
publicado en décadas anteriores, el sello de una editorial perseguida. Una
portada engañosa. Una tapa forrada para esconder el título original.
"Mi idea es buscar estos
libros, que fueron sacados de sus bibliotecas por ser considerados peligrosos y
hacer que regresen a un estante, a una biblioteca, que es su lugar"
En su bolso, Mardones lleva uno de los hallazgos
que hizo en los últimos años, un ejemplar que pone en evidencia una de las
maniobras que se utilizaron para salvar los libros del apocalipsis: el
camuflaje.
El libro está contenido en una
portada, azul celeste, que lleva impreso "La poesía de Nicanor Parra:
anejos de estudios Filológicos No. 4".
Pero al abrirlo, otro título:
"Trotsky, el gran organizador de derrotas", que ella sospecha fue
publicado por una editorial soviética que aprovechando el apogeo del libro en
Chile comenzó a publicar títulos en español, aunque sus talleres estuvieran en
una calle de Moscú.
La quema de libros fue una advertencia de lo que iba a venir. Como decía Heinrich Heine, 'donde se queman libros también se terminan quemando personas"
Marjorie Mardones
"Era un método muy artesanal, le retiraban la portada con mucha delicadeza para evitar dañar el lomo y que después no se pudiera utilizar -señala el borde del libro- y después pegaban la nueva portada, que también había sido retirada de igual forma de un libro menos peligroso. Se hacía con libros muy específicos o que para su dueño eran importantes porque era un proceso muy dispendioso y no se podía aplicar para todos los libros".
Su investigación terminó en una
exposición en 2017 en la universidad de Playa Ancha sobre los libros
perseguidos en Valparaíso, en la que exhibieron no sólo los libros sino los
relatos de cómo habían sobrevivido.
"Demostramos que lo que
vimos en Chile fue una destrucción fundamentalista del libro. Como se
perseguían personas, se perseguían ideas", agrega.
"Y fue una advertencia de
lo que iba a venir. Como decía el poeta alemán Heinrich Heine, 'donde se queman
libros también se terminan quemando personas'".
Mardones cita el ensayo
"Desear, poseer, enloquecer", en donde el reconocido semiólogo
italiano Umberto Eco, fallecido en 2016, señala tres formas de biblioclastia o
destrucción de libros: la biblioclastia fundamentalista, por incuria o por
interés.
"Eco lo señala con
claridad: 'El biblioclasta fundamentalista no odia los libros como objeto, teme
por su contenido y no quiere que otros los lean. Además de un criminal, es un
loco, por el fanatismo que lo anima. La historia registra pocos casos
extraordinarios de biblioclastia, como el incendio de la biblioteca de
Alejandría o las hogueras nazis'", recita Mardones y añade: "Y las
dictaduras en el Cono Sur".
El camuflaje de libros, bajo una nueva portada "inofensiva", fue una forma de preservar su contenido.
"Después de esa destrucción, de ese apagón cultural como lo llaman muchos, lo que hizo la dictadura fue crear una cultura del consumo rápido, donde el libro ya no tiene cabida", anota.
Para hacer gráfico lo que acaba
de relatar, pronuncia un nombre que parece un animal mitólogico:
"Editorial Quimantú".
A unos 90 kilómetros de allí,
Ramón Castillo, saca un libro de su colección: es un ejemplar pequeño en cuya
portada se puede ver un hombre que carga un busto de Napoleón. Es
"Sherlock Holmes y el misterio de los seis bustos", pero él se
concentra en el logo de la editorial que lo publicó: un círculo con
representaciones indígenas que rodean una "q" minúscula.
"Este es un libro de la
editorial nacional Quimantú, de la colección minilibros", dice con
entusiasmo.
Además de ser académico de la
facultad de Arte de la Universidad Diego Portales, Castillo también ha seguido
la vocación de rescatista de Mardones: frente a él, en la mesa del living de su
casa en el barrio Bellavista de Santiago, reposa una montaña de libros. La
mayoría de ellos con el sello de la Quimantú.
Tras la llegada al poder de
Salvador Allende en el 1970, entre muchas medidas que se implementaron hubo una
que tuvo como empeño popularizar el libro. Para eso se adquirió una editorial
estatal, controlada por los trabajadores, que llegaría a producir 11 millones
de libros en tres años.
No solo era literatura universal
como el libro de Sherlock: en los últimos años, Castillo ha logrado recuperar
ejemplares con títulos más combativos, como "Qué es el materialismo
histórico", firmado por Marta Hernecker, y una recopilación de la revista
"Cabro Chico", dedicada a los niños.
"Tuvo un alcance enorme. Uno de los empleados de la Quimantú nos contó una historia que lo retrata: después de una donación a varios centro educativos que estaban fuera de la capital, un profesor llamó para agradecer el gesto, pero sobre todo para pedir humildemente que también le enviaran estantes, porque era la primera vez que tenían libros en la escuela".
Una vez ocurrió el golpe,
Pinochet y los militares que lo acompañaban llevaron adelante una persecución
sistemática de títulos que consideraban peligrosos (de hecho, se hacían
transmisiones televisivas con las quemas de libros y se convocaban ruedas de
prensa para anunciarlas), pero sobre todo, de los libros de la Quimantú.
En pocos meses le habían
cambiado el nombre (Editorial Gabriela Mistral) y la mayoría de los libros
fueron destruidos.
Pero él insiste en hacer eco de
un solo objetivo que resume en: "Muchas personas tuvieron la valentía de
preservar algo que creían era algo más que un libro, que destruirlo era como
destruirse a ellos mismos. Yo solo quiero que los libros vuelvan a tener un
estante para que no se olvide lo que pasó".
La persecución a los libros durante los regímenes
militares en Argentina y Chile
- En el caso de Chile, tras el golpe de
Estado del 11 de septiembre de 1973, se inició una destrucción de libros
que eran considerados "subversivos" en bibliotecas públicas,
universidades, algunas viviendas y librerías.
- Esto condujo a un proceso de autocensura,
en el que muchos civiles destruyeron o escondieron numerosos ejemplares de
sus bibliotecas personales para evitar ser incriminados por los militares.
- La
siguiente fase del régimen fue la censura previa. Aunque ya realizaba
operaciones de censura, es en 1976 cuando el gobierno militar establece la
Dirección Nacional de Comunicaciones, Dinaco. Todos los contenidos
culturales producidos en el país debían pasar por esta oficina para su
aprobación.
- En
Argentina, el proceso es diferente. Cuando ocurre el golpe de Estado de
marzo de 1976, de inmediato se establece un control sobre la producción de
libros.
- Se
llegan a prohibir más de 125 títulos que estaban en contra de los
"valores nacionales" que quería promover el proceso de
reorganización de la junta cívico militar.
- Hubo
quemas de libros. La más significativa ocurrió el 26 de junio de 1980 en
el partido de Sarandí, en la provincia de Buenos Aires, donde cerca de un
millón y medio de libros fueron quemados.
- Hubo
una especial persecución a los libros infantiles. Por ejemplo, el libro de
cuentos "Torre de cubos", de la escritora Laura Devetach, se
prohibió mediante decreto en el que se señalaba que su contenido "de
fantasía ilimitada" podía ser nocivo para los niños.
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4. El último capricho
El 28 de octubre de 1986, después de varios días de viaje, el Peban, un vapor de bandera panameña, atracó finalmente en el puerto chileno de Valparaíso. Mientras se preparaba para diligenciar los papeles de aduana, la tripulación recibió la noticia de que se procedería con la incautación de una parte del cargamento.
El capitán, que estaba seguro de
que todo lo que llevaba en su barco estaba en regla, preguntó cuál era la
mercancía que iban a retener.
La respuesta oficial fue la que
menos esperaba: "Los libros", específicamente, 15.000 ejemplares de
"La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile", escrito por el
ganador del premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez que habían sido
enviados desde el puerto de Buenaventura, en Colombia.
Y que debían llegar a manos de
Arturo Navarro, el representante de la editorial Oveja Negra -que publicaba los
libros del Nobel en aquellos años- en Chile.
El libro narraba las peripecias
que había que tenido que sortear el cineasta chileno Miguel Littín, quien vivía
en el exilio desde el golpe de Estado que llevó a Augusto Pinochet al poder en
1973.
Littín había vuelto a Chile
durante dos semanas en 1985 para filmar en la clandestinidad un documental
sobre lo que estaba pasando en el país 12 años después de la irrupción militar.
Luego estrenaría el documental "Acta Central de Chile" en el Festival de Cine de Venecia del 86.
Pero el libro de García Márquez
iba más allá: contaba sobre todo detalles que no aparecían en la cinta como por
ejemplo el encuentro de Littín, quien se había hecho pasar por un empresario
uruguayo, con el propio Pinochet en los pasillos del Palacio de la Moneda,
donde el presidente de facto no lo reconoció.
"Yo me enteré de la incautación de los libros
dos semanas después porque estaba fuera del país", recuerda Arturo Navarro
tomándose un café bajo la nave central del Museo Nacional de la Memoria en el
corazón de Santiago.
Navarro había regresado de un viaje por EE.UU. a
visitar a su familia cuando se encontró con un mensaje de alerta en el
contestador automático de su casa. Era de su agente aduanero y le describía una
situación crítica: "Arturo, me dicen que los libros fueron quemados".
Esto fue un capricho de Pinochet: no quería ver un libro, mucho menos después del atentado, en el que básicamente describen cómo le habían metido los dedos en la boca"
Para Navarro, el cargamento era fundamental: era el principal producto que esperaba exponer durante la feria del libro de Santiago, que se iba a celebrar pocas semanas después del incidente.
Él, que había sido empleado de
la Editorial Nacional Quimantú (ampliamente perseguida por el régimen) y había
visto a los militares ejercer la destrucción de libros en primera fila, también
sabía que el régimen de Pinochet había flexibilizado sus políticas de censura.
En ese contexto, creyó que la
incautación debía ser más un malentendido que un acto de represión y decidió
viajar a Valparaíso para resolver el problema personalmente.
"El libro ya había sido
publicado en capítulos en Chile por una revista (Análisis) meses antes",
señala Navarro. "Sin embargo, lo que me preocupaba es que de acuerdo a la
prensa, la incautación de los libros se debía al mal estado de los
contenedores, que me parecía una disculpa inusual".
Los ejemplares habían quedado bajo el control de la jefatura de Zona en Estado de Emergencia, a cargo de militares.
Cuando Navarro se acercó al
edificio castrense donde podría intentar rescatar los libros, percibió de
inmediato la tensión que se sentía dentro del gobierno por esos días: un mes y
medio antes, el 7 de septiembre, militantes del Frente Patriótico Manuel
Rodríguez habían estado muy cerca de acabar con la vida de Augusto Pinochet, en
un feroz atentado cuando este regresaba a Santiago desde su residencia en el
Cajón del Maipó, a unos 50 kilómetros de la capital.
El asalto había dejado cinco
escoltas muertos y varios heridos.
"En el edificio logré
hablar con un militar de rango medio al que le pedí que al menos me permitiera
devolver los libros a Lima", señala. "Pero después de hacer un par de
llamadas, finalmente me dijo 'Navarro, no se preocupe, que los libros ya los
quemamos'".
La versión en los medios se
mantenía: contenedores en mal estado, lo que podría explicar la incautación,
pero nunca la incineración.
Para Navarro era claro que la
orden había venido de arriba y, aunque no tuviera pruebas, no se iba a quedar
quieto hasta que la gente supiera que el régimen de Pinochet había mandado a
quemar 15.000 volúmenes de nada menos que un premio Nobel.
"Yo sigo sosteniendo que esto fue un capricho de Pinochet: no quería ver un libro, mucho menos después del atentado, en el que básicamente describe cómo le habían metido los dedos en la boca", afirma Navarro.
La noticia lo dejó abatido y sin
ejemplares para la feria.
Entonces convocó a ruedas de
prensa para dar a conocer lo que había pasado, hizo la denuncia pertinente ante
la Cámara Chilena del Libro y aunque dentro del país no hubo mucho eco, en el
mundo sí publicaron la noticia.
Navarro guarda recortes de
prensa de medios de Grecia, Holanda y Estados Unidos que hablan de los
ejemplares calcinados.
Pero quedaba por saber qué era
realmente lo que había pasado. "Yo de verdad no creía nada de lo que me
habían dicho. Ni siquiera que los habían quemado".
Uno de sus colegas le recomendó
que el mejor camino para obtener una respuesta del régimen era la vía
diplomática, por lo que decidió acudir a la embajada de Colombia, país de donde
originalmente habían salido los libros.
"Ahí conocí a Libardo
Buitrago, el cónsul colombiano, quien se ofreció a ayudarme".
Poco después, gracias a la presión de un país extranjero, le llegó al cónsul un papel muy revelador, una carta fechada del 9 de enero de 1987, firmada por el vicealmirante John Howard Balaresque, en la que no solo se confirma la incineración de los libros sino también las razones: a los ejemplares de "La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile" se les impuso "una medida de censura previa" por considerar que el contenido "transgredía abiertamente las disposiciones constitucionales".
"Ese papel es el único
documento oficial que existe en el que el régimen de Pinochet acepta que quemó
libros y que lo hizo por censura. Algo imposible de obtener en esos
tiempos", relata Navarro.
"Y ahora está acá, en el
Museo de la Memoria".
El documento, con firma oficial,
le sirvió a la editorial Oveja para poder cobrar el seguro por la pérdida, pero
además implantó en la cabeza de Navarro una certeza que no lo abandonó nunca
más: la cultura sería clave en el fin del régimen.
"Esta represión a los
libros, a la cultura, se daría vuelta y terminaría siendo uno de los
principales motivos por los que Pinochet saldría del poder. Porque fueron los
cantantes, los artistas, los escritores quienes serían fundamentales en la
campaña de votar No en el plebiscito de 1988 que acabaría con la
dictadura", concluye.