El jardín florido de mi padre
El jardín que mi padre atendía con tanto esmero desapareció al año de su muerte; debe estar revolcándose en su tumba al ver que se perdió en menos que canta un gallo.
Las dalias,
rosas, calas, lirios y tantas otras flores cuyos nombres ya ni recuerdo se
desvanecieron por falta de las más mínimas atenciones. El pasto se secó por
ausencia de riego y cuidado.
Quienes
observaban nuestro jardín desde la calle expresaban admiración ante los
hermosos colores que ofrecían sus flores. Yo, desde mi ventana, disfrutaba
especialmente del verdor y del colorido, aunque era incapaz de consagrarme al
cultivo y mantenimiento de tan bello esplendor.
Hoy añoro
con pesar tanta belleza, que he intentado compensar con plantas más resistentes
a los cuidados que puedo brindarles.
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