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domingo, 20 de agosto de 2023

 Un espía singular                                       

Alex Álvarez López

 

Cuando el joven capitán fue citado a la Comandancia en Jefe imaginó por algunos instantes, que con ello podría estarse escribiendo el capítulo final de su carrera iniciada con intensa vocación, aun siendo un niño.

Tal pensamiento no era, como podría pensarse, consecuencia de algún rasgo pesimista de su personalidad o de una eventual calificación deficiente en su desempeño profesional sino, por el contrario, resultado del conocimiento sobre el ambiente adverso que su persona generaba a nivel de la comandancia, debido al cuestionamiento de aquellos otros intereses que también lo motivaban de manera importante en su tránsito por la vida.

Su sorpresa fue mayor cuando, desvirtuando esa inquietud, se le comunicó su designación por el gobierno, a instancias de sus superiores, como agregado naval en un país limítrofe, debiendo ponerse de inmediato a disposición de la Cancillería para asumir funciones a la brevedad, dada la especial importancia que revestía para la nación la delicada labor que en esos momentos se le encomendaba.

Superadas las dispares sensaciones que dicha orden le produjo le dio pronto cumplimiento, viajando a los pocos días a dicho país donde, después de la acreditación requerida, se hizo cargo de lo que en esos momentos constituía un área sensible dentro de la gestión de la embajada.

Después del breve lapso que demoró la adaptación a sus nuevas obligaciones, logró establecer positivos contactos con quienes ejercían similar actividad en sus respectivas embajadas, pasando rápidamente a formar parte de las intrincadas redes en que se desenvuelve el quehacer diplomático.

Todo ello derivó en directo beneficio de la misión que debía cumplir la que sobrepasaba los límites de las funciones normales a realizar, sin perjuicio del conocido halo de misterio y sospechas que de suyo las rodean.

En efecto, el estrecho contacto que se esmeró en revitalizar junto a los representantes de países con intereses comunes, le permitió con ingenio acceder, a través de los diálogos de las frecuentes recepciones protocolares y de otros de carácter más privado y sutilmente cómplices, una parte de la información clasificada que constituía su objetivo.

Por cierto, la otra, se vio forzado a obtenerla de manera subrepticia en los custodiados lugares en que se encontraba, para lo que necesitó asumir el riesgo y acercarse con el máximo sigilo y no sin peligro, recurriendo a la simulación, al disfraz, al engaño y a cuanto tuvo en suerte utilizar para alcanzar sus fines.

Fue un breve y tenso período de pocos meses en que tuvo que dar cumplimiento a su cometido, acicateado por la premura con que en forma insistente era requerido por sus mandos a regresar de inmediato y dar cuenta de sus resultados.

Consciente de haber cumplido de manera exitosa lo encomendado, satisfecho por un accionar libre de cualquier sospecha, y en posesión de información que resultaría esencial para las decisiones que debía adoptar la nación, dio por finalizada su labor.

Una vez en el país, procedió a dar detallada cuenta al gobierno por intermedio de la Comandancia en jefe, del número, clase y características de las naves que componían esa fuerza naval, sus dotaciones, sus actuales capacidades de navegación, el poder de fuego que representaban y su distribución estratégica.

Este eficiente e improvisado espía mostraría una faceta desconocida, ajena de aquella otra que el destino, al cabo de sólo tres meses, entregaría a este joven capitán, Arturo Prat Chacón, en brazos de la inmortalidad.

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