Un espía singular
Alex
Álvarez López
Cuando el joven capitán fue
citado a la Comandancia en Jefe imaginó por algunos instantes, que con ello
podría estarse escribiendo el capítulo final de su carrera iniciada con intensa
vocación, aun siendo un niño.
Tal pensamiento no era, como
podría pensarse, consecuencia de algún rasgo pesimista de su personalidad o de
una eventual calificación deficiente en su desempeño profesional sino, por el
contrario, resultado del conocimiento sobre el ambiente adverso que su persona
generaba a nivel de la comandancia, debido al cuestionamiento de aquellos otros
intereses que también lo motivaban de manera importante en su tránsito por la vida.
Su sorpresa fue mayor cuando, desvirtuando
esa inquietud, se le comunicó su designación por el gobierno, a instancias de
sus superiores, como agregado naval en un país limítrofe, debiendo ponerse de
inmediato a disposición de la Cancillería para asumir funciones a la brevedad,
dada la especial importancia que revestía para la nación la delicada labor que
en esos momentos se le encomendaba.
Superadas las dispares sensaciones
que dicha orden le produjo le dio pronto cumplimiento, viajando a los pocos
días a dicho país donde, después de la acreditación requerida, se hizo cargo de
lo que en esos momentos constituía un área sensible dentro de la gestión de la embajada.
Después del breve lapso que
demoró la adaptación a sus nuevas obligaciones, logró establecer positivos
contactos con quienes ejercían similar actividad en sus respectivas embajadas,
pasando rápidamente a formar parte de las intrincadas redes en que se
desenvuelve el quehacer diplomático.
Todo ello derivó en directo beneficio
de la misión que debía cumplir la que sobrepasaba los límites de las funciones
normales a realizar, sin perjuicio del conocido halo de misterio y sospechas que
de suyo las rodean.
En efecto, el estrecho
contacto que se esmeró en revitalizar junto a los representantes de países con
intereses comunes, le permitió con ingenio acceder, a través de los diálogos de
las frecuentes recepciones protocolares y de otros de carácter más privado y sutilmente
cómplices, una parte de la información clasificada que constituía su objetivo.
Por cierto, la otra, se vio
forzado a obtenerla de manera subrepticia en los custodiados lugares en que se
encontraba, para lo que necesitó asumir el riesgo y acercarse con el máximo
sigilo y no sin peligro, recurriendo a la simulación, al disfraz, al engaño y a
cuanto tuvo en suerte utilizar para alcanzar sus fines.
Fue un breve y tenso período
de pocos meses en que tuvo que dar cumplimiento a su cometido, acicateado por
la premura con que en forma insistente era requerido por sus mandos a regresar de
inmediato y dar cuenta de sus resultados.
Consciente de haber cumplido
de manera exitosa lo encomendado, satisfecho por un accionar libre de cualquier
sospecha, y en posesión de información que resultaría esencial para las decisiones
que debía adoptar la nación, dio por finalizada su labor.
Una vez en el país, procedió a
dar detallada cuenta al gobierno por intermedio de la Comandancia en jefe, del
número, clase y características de las naves que componían esa fuerza naval, sus
dotaciones, sus actuales capacidades de navegación, el poder de fuego que representaban
y su distribución estratégica.
Este eficiente e improvisado
espía mostraría una faceta desconocida, ajena de aquella otra que el destino,
al cabo de sólo tres meses, entregaría a este joven capitán, Arturo Prat Chacón,
en brazos de la inmortalidad.
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