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martes, 11 de octubre de 2022

Una Hoguera Eterna. 

Alex

Eran días aciagos los que en esos momentos se vivían a lo largo del país, especialmente en su metrópoli. La dictadura militar tambaleaba ante la fuerza generada por el despertar de una nación que se manifestaba a diario en todos los ámbitos. Multitudes protestaban mediante el sonar de cacerolas, marchas y barricadas que, valiéndose de la quema de neumáticos y de cuanto se tuviera a mano, bloqueaban algunas de las principales arterias de Santiago. El enfrentamiento crecía a la par de la protesta y la Fuerza Militar ya lideraba la represión a sangre y fuego. No sería ésta una jornada cualquiera. La ciudadanía había respondido ese día de manera abrumadora al llamado de las organizaciones civiles, y una inmensa y diversa masa humana de colores marchaba potente por la Alameda, voceando de mil formas el esperado y necesario derrumbe del Régimen. Nada sería distintos a ocasiones anteriores. La pacífica y enfervorizaba columna devendría, una vez más, en un desbande descontrolado a fuerza de las pútridas aguas y gases lanzados por la policía y por la amenazante presencia de los militares a punto de entrar en acción. La repercusión mundial de esta creciente efervescencia social que ponía en jaque a la internacionalmente repudiada dictadura, lo había motivado para venir a sumarse como testigo y registrarla en aquel dispositivo que ya formaba parte de su imagen. Así lo hizo en esta nueva oportunidad, dejando constancia del fervor de los manifestantes en su marcha y convirtiéndose en un partícipe forzado de su violenta disolución, la que se disgregó en una infinidad de grupos corriendo en distintas direcciones en busca de resguardo, parapetándose, los más, tras el arder de neumáticos aparecidos de la nada, con la intención de mantener viva la protesta. En una de esas barricadas fue que la conoció, a través del intercambio de impresiones sobre el acontecer y sobre sus respectivos afanes, hasta el momento de verse enfrentados ya no a la policía, sino a un destacamento de militares que intentaban asumir el control de la situación disparando munición de guerra, ante lo cual sólo correspondía huir de tan peligrosa escena. Sin alternativa posible y dejando de lado su objetivo inicial, comenzó a correr junto a su circunstancial compañera tratando de eludir a las patrullas cuyo personal copaba distintas calles aledañas a esa principal Avenida. Fue en medio de esa frenética carrera en busca de un posible escape que, en un instante de fugaz reposo, le sobrevino a Rodrigo la irresistible urgencia de conocer el nombre de su vivaz acompañante, pregunta a la que ella respondió con agitado balbuceo: Carmen Gloria, le dijo, reiniciando ambos su escapada a través de un desolado callejón donde, en cosa de segundos, sus destinos quedarían marcados por el trágico encuentro con el martirio, provocado por aquella infame hoguera propiciada por el odio, la que inevitablemente permanecerá por siempre viva en nuestros corazones.


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