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viernes, 8 de mayo de 2026

 

El hombre de la flor

Hernán Retamal

El cura párroco de la iglesia de Los Quillalles, Francisco Gutiérrez, se acomodó en la silla del confesionario, cerró los ojos y se dispuso a escuchar las confesiones de sus feligreses. La cabina de cedro no era muy cómoda y el calor del verano de esa hora de la tarde provocaba una modorra incontrolable. Ante todo, la repetición de las historias producía a Francisco un sueño tremendo. Aquel día no era la excepción, hasta que escuchó un relato que le causó un inusitado interés. 

–Señor cura, yo confieso que he contemplado un maleficio, un hechizo del diablo que le ha costado la vida a un amigo. Y yo corro el riesgo de ser la próxima víctima…

Todo comenzó cuando una joven de nombre Elizabeth fue traicionada. Llevaba años esperando el regreso de su amado, quien había emprendido un largo viaje, pero le prometió volver a su lado. Pero cuando por fin se dejó ver, lo hizo con otra mujer, riéndose como si Elizabeth nunca hubiese existido.

El corazón de la joven no se rompió… se convirtió en piedra.

Esa misma noche, bajo la lluvia, Elizabeth se dirigió al bosque, sin que nadie la persiguiera. Desde ese momento no se volvió a ver más.  

Tiempo después. Un joven llamado Leonardo decidió buscarla.

No lo hizo ni por curiosidad ni por valentía. Él había perdido a su familia, su casa… y, sobre todo, las ganas de seguir viviendo. Pensó que, si la leyenda era cierta, la joven podría darle aquello que él ya no encontraba en sí mismo: un fin. 

Tras días de búsqueda, la encontró.

Allí estaba, solitaria, bajo la niebla. Hermosa. Terrible.

Se aproximó a ella. El aire se volvió denso, y los recuerdos empezaron a sobrevenirle. Vio a Elizabeth sollozando bajo la lluvia. Sintió su traición, su dolor. Era tan intenso que cayó de rodillas.

–¿Así que eres esto? –susurró–. ¿Dolor eterno?

Tembló Elizabeth.

Por un momento su dolor se trocó en compasión.

Fue entonces cuando Elizabeth le dio el clavel. Leonardo extendió la mano y lo cogió. En ese momento nace la maldición: todo hombre que tome en sus manos la flor morirá.

Al escuchar la historia, el sacerdote quiso saber más.

–¿Qué puedes agregar? –preguntó el cura.

El hombre, visiblemente nervioso, le indicó que debía marcharse para que no le sorprendiera la noche en el camino de vuelta a casa; salió corriendo del templo.

Los Quillalles es un pueblo apartado que está al otro lado de una cordillera que hay que atravesar en varios días sobre las ancas de una mula. Las noticias de la capital tardan en llegar aquí un mes. En estas inmensidades, los acontecimientos se desarrollan con tal lentitud que el hastío forma parte de la vida de sus habitantes.

Sin embargo, un hecho extraño estaba a punto de suceder, algo que ni en sus peores pesadillas podrían imaginar.

Un hombre apareció al amanecer, tendido en medio de la plaza, justo frente a la fuente que llevaba años seca. Nadie vio cuándo llegó.

Nadie escuchó nada durante la noche.

Solo estaba ahí.

Muerto.

Y lo más extraño, con un clavel en la mano.

No lo soltaba. Ni aun cuando el encargado de la ley quiso abrirle los dedos rígidos. Este funcionario tuvo que recurrir al enfermero del policlínico para que le dijera cómo hacerlo.

–Malaquías, necesito tu ayuda –le dijo el policía.

De entre el gentío que presenciaba el acontecimiento, salió un hombre alto y enclenque, vestido con un delantal blanco.

–¿En qué le puedo servir?... –Mi cabo.

–Necesito que me digas cómo puedo quitarle el clavel de mano –ordenó el policía.

El enfermero obedeció al instante, se agachó junto al cadáver, lo observó con atención y luego señaló con convicción:

–Hará falta romperle los huesos de las falanges para quitarle la flor.

El policía que estaba a su lado invitó a Malaquías a proceder a la extracción.

Una vez que lo realizó, a pesar de haberle roto las falanges para quitar la flor, la mano permaneció cerrada, como si aún la estuviera sosteniendo.

–¿Quién es? –preguntó el gentío.

–No lo sabemos –respondió con autoridad el policía.

No tenía documentos. No había denuncias recientes de desaparición. Era un rostro completamente ajeno al pueblo.

El padre Francisco supo lo sucedido al mediodía, hora en que regresaba de un sitio vecino donde había ido a dar la comunión a los enfermos. Todo un revuelo había surgido en la plaza por lo acontecido, y la llegada del sacerdote ocasionó que toda la atención se dirigiera hacia él. Se acercó al muerto e invitó a los presentes a rezar por su alma. No emitió ningún comentario, solo contempló por algunos segundos el cadáver y el clavel. Luego encaminó sus pasos hacia la iglesia; en el trayecto le acompañaron algunos de sus más cercanos. Una vez en la sacristía, se sentó en un sillón a pensar; en su cabeza daban vuelta la confesión y el suceso del muerto de la plaza. Se preguntaba: ¿será el muerto el hombre de la confesión?

Mientras tanto, la flor fue dejada en la comisaría, dentro de un vaso con agua. Nadie quería tocarla; solo el policía la manipuló.

Por otro lado, el cadáver fue trasladado al policlínico, a la espera de las instrucciones del magistrado, quien solía dar las órdenes mediante telegramas por la lejanía en que se encontraba del pueblo. Las causas de la muerte eran imposibles de determinar, así como saber de dónde procedía este hombre.

Esa noche el guardia, mientras observaba la flor, juró que la vio moverse.

No abrirse. No marchitarse.

Moverse.

Como si respirara.

A la mañana siguiente llegó telegráficamente la autorización para sepultar al muerto. El policía, el enfermero, el párroco acompañado por un grupo de comunidad cristiana le acompañaron al camposanto. El sepelio se llevó a cabo sin ningún problema; en la cruz se grabaron las letras NN.

Después de la última palada de tierra que tapó la tumba del desconocido, empezaron a ocurrir en el pueblo cosas extrañas.

Al atardecer, el policía vio que el clavel estaba más fresco que antes.

Y comenzaron los sueños, por la noche.

La primera en señalarlo fue la mujer que vivía frente a la plaza. Soñó que estaba el hombre a su lado, junto a la cama, con la mano tendida, pidiéndole algo invisible.

Luego fue el policía. Soñó que el cadáver volvía a la plaza, arrastrando los pies, buscando algo que le faltaba.

–Devuélvemelo –decía. –No puedo irme sin él.

Para el tercer día, medio pueblo había soñado lo mismo.

Siempre el hombre.

Siempre la mano extendida.

Siempre esa petición.

Y siempre, al despertar… un leve dolor en los dedos, como si hubieran estado sosteniendo algo durante horas.

El clavel desapareció del retén la cuarta noche.

Nadie vio quién lo tomó.

Pero en la madrugada del quinto día, el guardia fue encontrado en su casa, muerto en su cama.

Con una expresión de terror tan profunda que parecía haber quedado atrapada en su rostro.

Y en su mano…

El clavel.

Esta vez, ligeramente diferente.

Más oscuro.

Más vivo.

En el pueblo cundió el pánico.

Pretendieron quemarlo.

El fuego no lo consumió.

Lo intentaron deshacerse de él por todos los medios, pero el clavel seguía intacto, indestructible, cada vez más vivo.

Con el fin de tranquilizar a los pobladores, el clavel fue llevado al cura, quien lo roció con agua bendita y le aplicó todos los ritos conocidos para espantar al demonio que, según él, lo había creado. Todo esto lo hizo ante una multitud aterrorizada.

Luego se dirigió hacia el centro de la plaza y lo arrojó a la fuente, y para sorpresa de todos, el agua que hacía años que no fluía empezó a brotar abundantemente. Mientras la flor se fue hundiendo hasta quedar depositada en el fondo.

Con el paso del tiempo, el temor se fue disipando, mientras el agua de la fuente se fue haciendo cada vez más oscura.

Nadie del pueblo bebía ni tocaba el agua, que fluía incansablemente; pese a su turbiedad, esto no permitía ver en sus profundidades si aún se encontraba el clavel maldito.

Y una mañana, al despuntar el día, cuando nadie ya lo esperaba, junto a la fuente apareció un nuevo cadáver. La gente del pueblo, que lo miraba de lejos, se fijó, sobre todo, en que traía sotana, y que llevaba en la mano, en vez de clavel, una rosa, negra como el lodo del fondo de la pileta.

Taller del: 7 de mayo 2026

viernes, 1 de mayo de 2026

 

LOS PEDAZOS DEL JARRÓN

 

Joan Ruiz

 

El jarrón chino que guardaba tus

cenizas,

se quebró del todo,

remolinos rojos cayeron sobre la

 alfombra,

y mi alma se trizó en

silencio,

pero un martes de ceniza

 recogí mis pedazos

esparcidos por toda la

 tierra,

y pude por fin reconciliarme

con mis muertos.

 

 

Fecha Taller: 30 de abril 2026

 

LA ÚLTIMA CENA

Jorge Ragal

 

Como en aquel cuadro del Renacimiento se reunieron los seguidores del Iluminado que se comentaba venía caminando desde las Montañas del Tibet para celebrar la Última Cena en un bosque de luciérnagas. Los comensales eran en su mayoría jóvenes que habían abandonado las ciudades para convivir en paz en medio de la naturaleza. El Gurú anunció solemnemente el Fin del Mundo para prometer la resurrección en un Paraíso Celestial. Todos bebieron con cierta valentía sus copas envenenadas pero el Iluminado la lanzó a los cuatro vientos.

Fecha taller: 30 de abril 2026

 

LA CASA DE ISOLINA

Hernán Retamal

 

«Una vez más... bienvenidos a mi casa. Entren libremente. Váyanse sanos y salvos; y dejen algo de la felicidad que traen.» 

Bram Stoker, Drácula

 

En lo alto de un cerro está ubicada la casa más antigua del pueblo cuyas paredes amenazan con caer al vacío. Todo en su interior cruje dando, a los visitantes, la sensación de que estaba viva. Muchas generaciones de la familia Benavente la habían habitado. Ninguna de ellas había osado tocar una botella de vidrio oscuro, un vaso de fino cristal y un jarrón de porcelana.

Los vecinos decían que aquella botella perteneció a la primera mujer de la dinastía Benavente, a Clarisa, y que en ella había guardado en su interior todo el dolor tormentoso que le había causado un hombre cruel. Todo por un amor no correspondido.

Cuando había luna llena, un rumor se sentía en su interior, como si un mar minúsculo golpeara sus paredes. Nadie se atrevía a abrirla.

El vaso, sin embargo, parecía inofensivo. Sobre una mesa de madera, limpio siempre, transparente, elegante. Pero también mantenía sus secretos. Quien bebía agua en él soñaba con personas que aún no conocía o con parientes muertos que regresaban para hablar una vez más.

El jarrón era el más raro de todos. Nunca se quedaba quieto. A la mañana siguiente aparecía en la ventana, a la noche en la escalera, y a veces en el medio del comedor, con flores frescas que nadie recordaba haber cortado.

La casa fue deteriorándose con el tiempo, hasta quedar deshabitada. Por estos años fue heredada a una mujer llamada Isolina Benavente. Ella decidió reconstruirla, razón por lo que se cambió a vivir a este remoto lugar.

Las personas que conocieron a Isolina dicen que era muy solitaria, de pocas palabras y muy temeraria; desafiaba todo lo que los demás temían.

Bajaba muy pocas veces al pueblo y cuando lo hacía era para ir a la iglesia y hacer algunas compras. En esas raras ocasiones no hablaba con nadie; y si alguien se le acercaba se libraba del encuentro con habilidad.

Llevaba largos vestidos oscuros y siempre un pañuelo que le cubría la cabeza.

Todo este ambiente a su alrededor fue tejiendo muchas historias, algunas inverosímiles, otras tan absurdas que hacían reír. Lo que sí aceptan todos, es que de repente nunca más salió de casa.

Y así nació un mito eterno.

Que una noche de invierno Isolina decidió saber la verdad.

Encendió una vela en el salón principal. La botella temblaba ligeramente. El vaso reflejaba una sombra extraña, que no era la suya. El jarrón estaba lleno de blancos lirios que embalsamaban el aire con una triste dulzura.

Entonces escuchó una voz.

–No abras la botella.

Isolina giró, pero no había nadie.

–Si lo haces –susurró la voz, vibrando apenas –volverá aquello que fue encerrado.

Del jarrón se soltó una flor que cayó al suelo.

Isolina tenía el corazón en la garganta. Pero ya estaba decidida, y la curiosidad pudo más. Tomó la botella y sacó el tapón.

No salió agua, ni vino ni polvo.

Salió un suspiro.

Largo, frío, antiguo.

Se apagaron las luces. La casa entera pareció tomar aliento. Por los pasillos empezaron a oírse pasos leves como de quien había esperado años para volver.

En el espejo del vaso se reflejaba el rostro de un hombre desconocido que sonreía.

El jarrón se quebró por completo y las flores se secaron súbitamente.

Desde aquella noche, hay quién dice haber visto junto a la ventana de los Benavente a un hombre que sirve agua en un vaso invisible y las flores vuelven a nacer solas en un jarrón que ya no existe. De Isolina nunca más se supo.

Fecha taller: 30 de abril 2026

 

El jazmín más preciado

Jimena Rivera

 

Quebrado sigue siendo bello 

lo que un día fue preciado 

 

De las grietas se abre paso 

el jazmín más codiciado. 

 

Se esparcen por la tierra

corazones fragmentados 

 

Que reclaman su lugar 

como diamantes heredados

 

Mira que precioso  

lo que ella me ha obsequiado 

 

Mira cómo late amor

un corazón abandonado

 

En su séptima venida

no resbalará en vano. 

 

De sus grietas se abrirá

paso el jazmín más codiciado.

 

Quebrado sigue siendo bello 

lo que un día fue preciado.

 

Fecha taller: 30 de abril 2026

 

ESQUIRLAS

Emilia Montes

 

Cuando el amor se desvanece,

las montañas se desmoronan,

el mar se seca,

los pájaros callan

y los bosques se convierten en carbón.

 

Cuando el amor se desvanece,

la cercanía se transforma en ausencia,

las caricias en obligación,

los labios frutosos se marchitan

y tu mirada se ahoga en la distancia.

 

Cuando el amor se desvanece,

deja de brotar la vertiente,

los musgos se desprenden de las piedras,

el viento ya no mece las copas

y el sol sólo encandila y ciega.

 

Miro los escombros

del jarrón destrozado

y no comprendo cómo creí,

que contenía el soplo sagrado

de la comunión de los espíritus.

 

Fecha taller: 30 de abril 2026

jueves, 30 de abril de 2026

El anillo de Vicente

Hernán Retamal 


No era corona ni espada

lo que anunciaba su poder,

sino un anillo oscuro

gastado por pieles ajenas.

 

No brillaba al sol;

bebía la luz.

Un círculo opaco

hecho de gritos olvidados.

 

Dicen que cada marca

era un ser borrado,

cada raya, una súplica

que nadie quiso escuchar.

 

Su dueño lo giraba lento

antes de empezar la faena,

como quién reza

una oración torcida.

 

No necesitaba alzar la voz:

El metal hablaba primero,

rozando rostros temblorosos

con fría paciencia.

 

Y al caer la noche,

cuando el silencio volvía,

el anillo pesaba más en las victimas,

no por culpa,

sino por memoria.

 

Porque el castigo verdadero

no era el dolor que producía,

sino llevar siempre consigo

todo aquello que rompía.

 

Y cuentan qué al morir,

nadie pudo quitárselo:

El dedo se volvió polvo…

pero el anillo quedó intacto,

esperando otra mano…

para continuar la tarea.


  Tu lluvia Emilia Montes   Tu lluvia cae sobre los pétalos Pero la rosa negra no se abre Recibirá tus caricias mañana Cuando la...