El hombre de la flor
Hernán Retamal
El cura párroco de la iglesia de Los Quillalles, Francisco Gutiérrez, se acomodó en la silla del confesionario, cerró los ojos y se dispuso a escuchar las confesiones de sus feligreses. La cabina de cedro no era muy cómoda y el calor del verano de esa hora de la tarde provocaba una modorra incontrolable. Ante todo, la repetición de las historias producía a Francisco un sueño tremendo. Aquel día no era la excepción, hasta que escuchó un relato que le causó un inusitado interés.
–Señor
cura, yo confieso que he contemplado un maleficio, un hechizo del diablo que le
ha costado la vida a un amigo. Y yo corro el riesgo de ser la próxima víctima…
Todo
comenzó cuando una joven de nombre Elizabeth fue traicionada. Llevaba años
esperando el regreso de su amado, quien había emprendido un largo viaje, pero
le prometió volver a su lado. Pero cuando por fin se dejó ver, lo hizo con otra
mujer, riéndose como si Elizabeth nunca hubiese existido.
El
corazón de la joven no se rompió… se convirtió en piedra.
Esa
misma noche, bajo la lluvia, Elizabeth se dirigió al bosque, sin que nadie la
persiguiera. Desde ese momento no se volvió a ver más.
Tiempo
después. Un joven llamado Leonardo decidió buscarla.
No
lo hizo ni por curiosidad ni por valentía. Él había perdido a su familia, su
casa… y, sobre todo, las ganas de seguir viviendo. Pensó que, si la leyenda era
cierta, la joven podría darle aquello que él ya no encontraba en sí mismo: un
fin.
Tras
días de búsqueda, la encontró.
Allí
estaba, solitaria, bajo la niebla. Hermosa. Terrible.
Se
aproximó a ella. El aire se volvió denso, y los recuerdos empezaron a
sobrevenirle. Vio a Elizabeth sollozando bajo la lluvia. Sintió su traición, su
dolor. Era tan intenso que cayó de rodillas.
–¿Así
que eres esto? –susurró–. ¿Dolor eterno?
Tembló
Elizabeth.
Por
un momento su dolor se trocó en compasión.
Fue
entonces cuando Elizabeth le dio el clavel. Leonardo extendió la mano y lo
cogió. En ese momento nace la maldición: todo hombre que tome en sus manos la
flor morirá.
Al
escuchar la historia, el sacerdote quiso saber más.
–¿Qué
puedes agregar? –preguntó el cura.
El
hombre, visiblemente nervioso, le indicó que debía marcharse para que no le
sorprendiera la noche en el camino de vuelta a casa; salió corriendo del
templo.
Los
Quillalles es un pueblo apartado que está al otro lado de una cordillera que
hay que atravesar en varios días sobre las ancas de una mula. Las noticias de
la capital tardan en llegar aquí un mes. En estas inmensidades, los
acontecimientos se desarrollan con tal lentitud que el hastío forma parte de la
vida de sus habitantes.
Sin
embargo, un hecho extraño estaba a punto de suceder, algo que ni en sus peores
pesadillas podrían imaginar.
Un
hombre apareció al amanecer, tendido en medio de la plaza, justo frente a la
fuente que llevaba años seca. Nadie vio cuándo llegó.
Nadie
escuchó nada durante la noche.
Solo
estaba ahí.
Muerto.
Y
lo más extraño, con un clavel en la mano.
No
lo soltaba. Ni aun cuando el encargado de la ley quiso abrirle los dedos
rígidos. Este funcionario tuvo que recurrir al enfermero del policlínico para
que le dijera cómo hacerlo.
–Malaquías,
necesito tu ayuda –le dijo el policía.
De
entre el gentío que presenciaba el acontecimiento, salió un hombre alto y enclenque,
vestido con un delantal blanco.
–¿En
qué le puedo servir?... –Mi cabo.
–Necesito
que me digas cómo puedo quitarle el clavel de mano –ordenó el policía.
El
enfermero obedeció al instante, se agachó junto al cadáver, lo observó con
atención y luego señaló con convicción:
–Hará
falta romperle los huesos de las falanges para quitarle la flor.
El
policía que estaba a su lado invitó a Malaquías a proceder a la extracción.
Una
vez que lo realizó, a pesar de haberle roto las falanges para quitar la flor,
la mano permaneció cerrada, como si aún la estuviera sosteniendo.
–¿Quién
es? –preguntó el gentío.
–No
lo sabemos –respondió con autoridad el policía.
No
tenía documentos. No había denuncias recientes de desaparición. Era un rostro
completamente ajeno al pueblo.
El
padre Francisco supo lo sucedido al mediodía, hora en que regresaba de un sitio
vecino donde había ido a dar la comunión a los enfermos. Todo un revuelo había
surgido en la plaza por lo acontecido, y la llegada del sacerdote ocasionó que
toda la atención se dirigiera hacia él. Se acercó al muerto e invitó a los
presentes a rezar por su alma. No emitió ningún comentario, solo contempló por
algunos segundos el cadáver y el clavel. Luego encaminó sus pasos hacia la
iglesia; en el trayecto le acompañaron algunos de sus más cercanos. Una vez en
la sacristía, se sentó en un sillón a pensar; en su cabeza daban vuelta la
confesión y el suceso del muerto de la plaza. Se preguntaba: ¿será el muerto el
hombre de la confesión?
Mientras
tanto, la flor fue dejada en la comisaría, dentro de un vaso con agua. Nadie
quería tocarla; solo el policía la manipuló.
Por
otro lado, el cadáver fue trasladado al policlínico, a la espera de las
instrucciones del magistrado, quien solía dar las órdenes mediante telegramas
por la lejanía en que se encontraba del pueblo. Las causas de la muerte eran
imposibles de determinar, así como saber de dónde procedía este hombre.
Esa
noche el guardia, mientras observaba la flor, juró que la vio moverse.
No
abrirse. No marchitarse.
Moverse.
Como
si respirara.
A
la mañana siguiente llegó telegráficamente la autorización para sepultar al
muerto. El policía, el enfermero, el párroco acompañado por un grupo de
comunidad cristiana le acompañaron al camposanto. El sepelio se llevó a cabo
sin ningún problema; en la cruz se grabaron las letras NN.
Después
de la última palada de tierra que tapó la tumba del desconocido, empezaron a
ocurrir en el pueblo cosas extrañas.
Al
atardecer, el policía vio que el clavel estaba más fresco que antes.
Y
comenzaron los sueños, por la noche.
La
primera en señalarlo fue la mujer que vivía frente a la plaza. Soñó que estaba
el hombre a su lado, junto a la cama, con la mano tendida, pidiéndole algo
invisible.
Luego
fue el policía. Soñó que el cadáver volvía a la plaza, arrastrando los pies,
buscando algo que le faltaba.
–Devuélvemelo
–decía. –No puedo irme sin él.
Para
el tercer día, medio pueblo había soñado lo mismo.
Siempre
el hombre.
Siempre
la mano extendida.
Siempre
esa petición.
Y
siempre, al despertar… un leve dolor en los dedos, como si hubieran estado
sosteniendo algo durante horas.
El
clavel desapareció del retén la cuarta noche.
Nadie
vio quién lo tomó.
Pero
en la madrugada del quinto día, el guardia fue encontrado en su casa, muerto en
su cama.
Con
una expresión de terror tan profunda que parecía haber quedado atrapada en su
rostro.
Y
en su mano…
El
clavel.
Esta
vez, ligeramente diferente.
Más
oscuro.
Más
vivo.
En
el pueblo cundió el pánico.
Pretendieron
quemarlo.
El
fuego no lo consumió.
Lo
intentaron deshacerse de él por todos los medios, pero el clavel seguía
intacto, indestructible, cada vez más vivo.
Con
el fin de tranquilizar a los pobladores, el clavel fue llevado al cura, quien
lo roció con agua bendita y le aplicó todos los ritos conocidos para espantar
al demonio que, según él, lo había creado. Todo esto lo hizo ante una multitud
aterrorizada.
Luego
se dirigió hacia el centro de la plaza y lo arrojó a la fuente, y para sorpresa
de todos, el agua que hacía años que no fluía empezó a brotar abundantemente.
Mientras la flor se fue hundiendo hasta quedar depositada en el fondo.
Con
el paso del tiempo, el temor se fue disipando, mientras el agua de la fuente se
fue haciendo cada vez más oscura.
Nadie
del pueblo bebía ni tocaba el agua, que fluía incansablemente; pese a su
turbiedad, esto no permitía ver en sus profundidades si aún se encontraba el
clavel maldito.
Y
una mañana, al despuntar el día, cuando nadie ya lo esperaba, junto a la fuente
apareció un nuevo cadáver. La gente del pueblo, que lo miraba de lejos, se
fijó, sobre todo, en que traía sotana, y que llevaba en la mano, en vez de
clavel, una rosa, negra como el lodo del fondo de la pileta.
Taller del: 7 de mayo 2026