Tu visita nos importa

viernes, 1 de mayo de 2026

 

LA ÚLTIMA CENA

Jorge Ragal

 

Como en aquel cuadro del Renacimiento se reunieron los seguidores del Iluminado que se comentaba venía caminando desde las Montañas del Tibet para celebrar la Última Cena en un bosque de luciérnagas. Los comensales eran en su mayoría jóvenes que habían abandonado las ciudades para convivir en paz en medio de la naturaleza. El Gurú anunció solemnemente el Fin del Mundo para prometer la resurrección en un Paraíso Celestial. Todos bebieron con cierta valentía sus copas envenenadas pero el Iluminado la lanzó a los cuatro vientos.

Fecha taller: 30 de abril 2026

 

LA CASA DE ISOLINA

Hernán Retamal

 

«Una vez más... bienvenidos a mi casa. Entren libremente. Váyanse sanos y salvos; y dejen algo de la felicidad que traen.» 

Bram Stoker, Drácula

 

En lo alto de un cerro está ubicada la casa más antigua del pueblo cuyas paredes amenazan con caer al vacío. Todo en su interior cruje dando, a los visitantes, la sensación de que estaba viva. Muchas generaciones de la familia Benavente la habían habitado. Ninguna de ellas había osado tocar una botella de vidrio oscuro, un vaso de fino cristal y un jarrón de porcelana.

Los vecinos decían que aquella botella perteneció a la primera mujer de la dinastía Benavente, a Clarisa, y que en ella había guardado en su interior todo el dolor tormentoso que le había causado un hombre cruel. Todo por un amor no correspondido.

Cuando había luna llena, un rumor se sentía en su interior, como si un mar minúsculo golpeara sus paredes. Nadie se atrevía a abrirla.

El vaso, sin embargo, parecía inofensivo. Sobre una mesa de madera, limpio siempre, transparente, elegante. Pero también mantenía sus secretos. Quien bebía agua en él soñaba con personas que aún no conocía o con parientes muertos que regresaban para hablar una vez más.

El jarrón era el más raro de todos. Nunca se quedaba quieto. A la mañana siguiente aparecía en la ventana, a la noche en la escalera, y a veces en el medio del comedor, con flores frescas que nadie recordaba haber cortado.

La casa fue deteriorándose con el tiempo, hasta quedar deshabitada. Por estos años fue heredada a una mujer llamada Isolina Benavente. Ella decidió reconstruirla, razón por lo que se cambió a vivir a este remoto lugar.

Las personas que conocieron a Isolina dicen que era muy solitaria, de pocas palabras y muy temeraria; desafiaba todo lo que los demás temían.

Bajaba muy pocas veces al pueblo y cuando lo hacía era para ir a la iglesia y hacer algunas compras. En esas raras ocasiones no hablaba con nadie; y si alguien se le acercaba se libraba del encuentro con habilidad.

Llevaba largos vestidos oscuros y siempre un pañuelo que le cubría la cabeza.

Todo este ambiente a su alrededor fue tejiendo muchas historias, algunas inverosímiles, otras tan absurdas que hacían reír. Lo que sí aceptan todos, es que de repente nunca más salió de casa.

Y así nació un mito eterno.

Que una noche de invierno Isolina decidió saber la verdad.

Encendió una vela en el salón principal. La botella temblaba ligeramente. El vaso reflejaba una sombra extraña, que no era la suya. El jarrón estaba lleno de blancos lirios que embalsamaban el aire con una triste dulzura.

Entonces escuchó una voz.

–No abras la botella.

Isolina giró, pero no había nadie.

–Si lo haces –susurró la voz, vibrando apenas –volverá aquello que fue encerrado.

Del jarrón se soltó una flor que cayó al suelo.

Isolina tenía el corazón en la garganta. Pero ya estaba decidida, y la curiosidad pudo más. Tomó la botella y sacó el tapón.

No salió agua, ni vino ni polvo.

Salió un suspiro.

Largo, frío, antiguo.

Se apagaron las luces. La casa entera pareció tomar aliento. Por los pasillos empezaron a oírse pasos leves como de quien había esperado años para volver.

En el espejo del vaso se reflejaba el rostro de un hombre desconocido que sonreía.

El jarrón se quebró por completo y las flores se secaron súbitamente.

Desde aquella noche, hay quién dice haber visto junto a la ventana de los Benavente a un hombre que sirve agua en un vaso invisible y las flores vuelven a nacer solas en un jarrón que ya no existe. De Isolina nunca más se supo.

Fecha taller: 30 de abril 2026

 

El jazmín más preciado

Jimena Rivera

 

Quebrado sigue siendo bello 

lo que un día fue preciado 

 

De las grietas se abre paso 

el jazmín más codiciado. 

 

Se esparcen por la tierra

corazones fragmentados 

 

Que reclaman su lugar 

como diamantes heredados

 

Mira que precioso  

lo que ella me ha obsequiado 

 

Mira cómo late amor

un corazón abandonado

 

En su séptima venida

no resbalará en vano. 

 

De sus grietas se abrirá

paso el jazmín más codiciado.

 

Quebrado sigue siendo bello 

lo que un día fue preciado.

 

Fecha taller: 30 de abril 2026

 

ESQUIRLAS

Emilia Montes

 

Cuando el amor se desvanece,

las montañas se desmoronan,

el mar se seca,

los pájaros callan

y los bosques se convierten en carbón.

 

Cuando el amor se desvanece,

la cercanía se transforma en ausencia,

las caricias en obligación,

los labios frutosos se marchitan

y tu mirada se ahoga en la distancia.

 

Cuando el amor se desvanece,

deja de brotar la vertiente,

los musgos se desprenden de las piedras,

el viento ya no mece las copas

y el sol sólo encandila y ciega.

 

Miro los escombros

del jarrón destrozado

y no comprendo cómo creí,

que contenía el soplo sagrado

de la comunión de los espíritus.

 

Fecha taller: 30 de abril 2026

jueves, 30 de abril de 2026

El anillo de Vicente

Hernán Retamal 


No era corona ni espada

lo que anunciaba su poder,

sino un anillo oscuro

gastado por pieles ajenas.

 

No brillaba al sol;

bebía la luz.

Un círculo opaco

hecho de gritos olvidados.

 

Dicen que cada marca

era un ser borrado,

cada raya, una súplica

que nadie quiso escuchar.

 

Su dueño lo giraba lento

antes de empezar la faena,

como quién reza

una oración torcida.

 

No necesitaba alzar la voz:

El metal hablaba primero,

rozando rostros temblorosos

con fría paciencia.

 

Y al caer la noche,

cuando el silencio volvía,

el anillo pesaba más en las victimas,

no por culpa,

sino por memoria.

 

Porque el castigo verdadero

no era el dolor que producía,

sino llevar siempre consigo

todo aquello que rompía.

 

Y cuentan qué al morir,

nadie pudo quitárselo:

El dedo se volvió polvo…

pero el anillo quedó intacto,

esperando otra mano…

para continuar la tarea.


 

Una aventura de invierno en New York

 

Joan Ruiz

 

Al atravesar el abarrotado puente de Brooklyn

el sky line de la ciudad de New York me deslumbra,

Manhattan aplasta con sus moles de edificios y rascacielos.

 

Nieve copiosamente, el frio es intenso,

me sentí resfriado y el médico del servicio de urgencias

que me atendió puso en mi ficha:

“White race, hispanic or latin spanish”

y me pregunté qué tenía que ver la raza con mi resfrío.

 

Llego callejeando hasta la plaza de Bryant Park,

patinadores entusiastas

dan vueltas en la pista de hielo,

multitudes de todos los colores caminan nerviosamente,

turistas japoneses toman fotos por doquier,

pasan a mi lado gringas elegantes, coloridas y chillonas,

y lunáticos que andan con pantalones cortos.

 

En las veredas se estacionan carritos que ofrecen

comida chatarra a 8 dólares la ración

 (En el restaurante un menú cuesta 50 dólares más el 20% de propina).

Pido una ración de arroz con pollo 

aderezado con una salsa picante estilo hindú

 y quedo en paz con mis tripas.

 

Pero bad day, pierdo el celular no se dónde,

y quedo incomunicado en la gran ciudad,

por lo que pasé a mi plan B:

Tomo un taxi hasta el MOMA,

allí alguien me recogerá tarde o temprano,

por lo menos allí estaré con calefacción.

 

Recorro de arriba y abajo este Museo de Arte Moderno

me detengo asombrado ante las latas “Campbell” de Andy Warhol,

pero quede extasiado ante los cuadros de Jackson Pollock,

atravesados por brochazos, rayas y manchas de pinturas,

como si hubiera pintado el cuadro con ánimo orgiástico,

(yo intenté hacer lo mismo en mi juventud)

y me invade sensación de estar perdido

 en medio de un laberinto sin salida.

 

Pido un cortado en la cafetería

y para empatar el tiempo

me enrollo con una camarera del lugar en mi spanglish,

ella me confiesa que es portorriqueña del Bronx.

 

Al final soy rescatado de mi laberinto como el soldado Brian

y termino el día en un club de Jazz.

 Me impresiona como estos negros improvisan con la trompeta

y no paro de mirar a una bella mujer con aire intelectual,

¡cómo se mueve esta mujer al ritmo de la música!

 

Por fin pude llegar a mi hotel en Manhattan

donde cobran unos precios como si te estuvieran asaltando,

(menos mal que estamos en temporada baja)

y cayendo rendido en la gran cama de mi cuarto

 me fui a negro de inmediato sin sueños de ninguna clase,

como si estuviera muerto.

 

 

Mis zapatos perdidos

Emilia Montes

 

Perdí mis zapatos viejos

y me preguntan por qué.

Quizás porque de tan gastados

dejaron de ser parte de mí.

 

Con ellos anduve por los oscuros pasillos

de la escuela de mi adolescencia;

se les pegó un poco de mi miedo

a los animales disecados,

que tanto le gustaban al profesor de biología.

 

Con ellos fui a ese paseo en que mi padre,

accidentado frente a mis ojos,

perdió su capa de superhéroe.

 

Con el tiempo, mis zapatos me llevaron

por senderos brillantes

y por rutas de oscura traición.

 

Pero no los perdí por eso.

 

En verdad los abandoné,

porque dejaron de elevar mis pies hacia el sol,

porque se volvieron pesados como el plomo,

porque descalza podía sentir la tierra entre mis dedos,

porque no entendían el vuelo de las gaviotas o del cóndor

y porque ya no me apartaban de la senda de la cordura.

 

Pero ahora me pregunto, con desazón,

hacia dónde habrán escapado ellos.

 

  Tu lluvia Emilia Montes   Tu lluvia cae sobre los pétalos Pero la rosa negra no se abre Recibirá tus caricias mañana Cuando la...